jueves, 21 de febrero de 2019

CAPERUCITA EN FACEBOOK










   Apuraba  Caperucita el paso  por el bosque para llegar pronto a casa de su abuelita. No quería que  le alcanzara la noche en la espesura. Pero la niña, que era de natural curiosa, se desvió de su camino habitual y se perdió en el bosque de las redes sociales.

    No se arredró, era una niña inocente, pero también valiente. Donde el camino lleve, pensó. Y andando el camino se topó con una gran puerta de acero en cuyo centro podía leerse: BIENVENIDA A FACEBOOK. Dudó, pero al final optó por pulsar el timbre.  Al instante se abrió una trampilla de donde emergió una pantalla que la invitaba a entrar si consentía en registrarse.  Lo hizo y se registró como Caperucita “La Roja”.  Y sin más se introdujo en el peligroso, pero  apasionante bosque de la realidad simulada.  

   Enseguida le pidieron amistad. El primero en pedírsela fue el lobo, claro.
  —Hola, Caperucita –saludó- ¿qué te trae por aquí?
 —No sé, curiosidad, yo iba a ver a mi abuelita  –se excusó.
 —¿A tu abuelita? –indagó la alimaña- ¿Y dónde vive tu abuelita?
—En una casita en el bosque –informó incauta.
—¿Quieres ser mi amiga? –propuso la fiera.
—Bueno –aceptó Caperucita sin más.
  Y así fue como Caperucita y el lobo se hicieron amigos. Y se conocieron y se enamoraron.  Caperucita alcanzaba a la sazón  los quince, pero aparentaba los veinte.
  Un día se citaron  en el bosque para ir a ver a su abuelita en una visita de cortesía.
  —Hola, abuelita, he venido a presentarte a mi novio –y le presentó al lobo.
  La abuelita lo miró  y se quedó horrorizada.
 —¡Pero si es el lobo, Caperucita!
 —Sí, abuelita ¡pero es tan guapo! Mira que ojazos, mira que boca, mira que dientes…
 —¿Y dónde lo has conocido? –quiso saber la abuelita.
—En facebook –aclaró.
—¡En facebook! –se alarmó la vieja- ¿es que no sabes que ahí todo el mundo dice ser lo que no es y simula no ser lo que es? No me extrañaría que tu lobo fuera un narcisista desahuciado con espolones.
—Un respeto, abuela –se quejó el lobo.
—Lo que me faltaba por ver, que mi nieta me metiera al enemigo en casa y se enamore de él. ¡Adónde vamos a llegar, Dios mío! –se quejó la mujer.
 —Son otros tiempos, abuela, el lobo ya no es lo que era –trató de justificarse Caperucita.
—¿Qué no es lo que era? ¡Qué inocente eres, criatura! El lobo siempre será el lobo, y a la más mínima se comerá  las ovejas –argumentó la abuela. Y sin  más preámbulo se fue a al dormitorio,  asomó con una escopeta de caza, apuntó al bicho y lo descerrajó de un tiro.
—¡Pero qué has hecho abuela! ¡Has matado a mi novio! ¿Lo que has hecho  es peor que la violencia de género? Te voy a denunciar por racista y lobófoba. ¡Eres una asesina! –se horrorizó Caperucita. Y sin más volvió a facebbok y contó en la red lo que había hecho su abuelita.

  El escándalo fue mayúsculo. Las redes se incendiaron contra la octogenaria abuelita que la tacharon de monstruo antediluviano. Las asociaciones animalitas y demás plataformas anti tortura animal, asociados y asimilados,  interpusieron demanda contra ella, las organizaciones feministas renegaron de la abuela carca y se pusieron de parte de Caperucita, hubo manifestaciones masivas de apoyo a la niña y la prensa ponderó  su valentía por denunciar a su abuelita. Por unanimidad  se solicitaba una pena ejemplar y  cárcel para la homicida. De los hechos se hicieron eco los medios de comunicación de medio mundo,  admirándose del valor de Caperucita por enamorarse de un lobo, y de la crueldad de su abuela, que no dudó en dispararle y matarlo en su presencia. Nadie salió en defensa de la infortunada mujer.

  Mientras tanto, ignorada por todos e incomprendida, marginada y vilipendiada,  la abuelita, sin entender nada, se consumía de soledad y amargura preguntándose hasta morir qué mal había hecho si ella solo quiso salvar a su amada nieta de las garras del malvado lobo.



domingo, 3 de febrero de 2019

LOS AMANTES DEL PARAÍSO







    La pintura empezó a interesarme cuando contemplé el cuadro de “las Meninas”.  Me pareció que yo mismo podía meterme en el cuadro y hablar con Velázquez. Hasta ese día ninguna otra obra pictórica había conseguido abrirme la boca de asombro.  

   Fue años después cuando volví a experimentar algo parecido. Fue con “El beso”, de Gustav Klimt. Al verlo se me representó como un conjunto multicolor con forma, ¡vaya por Dios!, de falo. Cada artista tiene sus propias obsesiones. Me extrañó el color dorado de la obra, nunca antes visto en un lienzo por mí. Algo debía de significar.  El motivo central lo formaban un hombre y una mujer fundidos en un abrazo, él dándole un beso a ella en la mejilla.  El rostro del hombre, de semi perfil, lo pasé por alto, pero el de ella me llamó poderosamente la atención. Toda mujer bella me la llama. Pero en este caso no era solo su belleza,  subyugante,  era su expresión de serena placidez y la extraña expresión de resignada complacencia, como si estuviera dormida más que extasiada. Y la posición de la cabeza,  inclinada hacia atrás y el rostro vuelto hacia la izquierda. Me pareció que soñaba,  que se entregaba al beso con el  pensamiento puesto en otro sitio.

   Luego reparé  en que ella está de rodillas, detallé que me conmovió, entregada al goce del momento, o eso me pareció en una primera impresión, porque algunos detalles me hicieron dudar de que realmente lo estuviera.  Su brazo derecho rodea el cuello de él,  pero  sin convicción. Lo delata su mano, cuyos dedos están encogidos, mientras que su brazo izquierdo se dobla para posar su mano sobre la mano derecha de él. El contraste de las manos de ella, bellas, blancas y delicadas, con las de él, grandes, morenas y huesudas, ejemplificaron para mí  el contraste entre la rudeza y la delicadeza. Eso fue lo que pensé.  La mano izquierda de él rodea el cuello de ella sujetándola y atrayéndola hacia sí; la derecha se posa sobre su hombro izquierdo. 

   Luego me fijé en sus vestimentas. Él va cubierto de una túnica dorada con dibujos geométricos rectangulares, mientras que  la de ella la adornan círculos concéntricos, y su vestido, ceñido a su cuerpo, estaba salpicado de  grupos diseminados de pequeños discos de colores. Alusión, sin duda, a la masculinidad de él y a la feminidad de ella.

    Otra cosa que me extrañó  fue el lugar  elegido por el artista  como escenario del encuentro: el extremo de un jardín salpicado de florecillas multicolores, como si de una alfombra se tratara,  que se asoma a un abismo a cuyo borde cuelgan los pies de ella. La impresión que me dio es que corrían el riesgo de  precipitarse en él  en cualquier momento,  víctimas de su desenfreno.

  Todo en el lienzo destilaba  un halo de misterio, empezando por el propio beso, que no es en la boca como cabía esperar. ¿Por qué en la mejilla? –me pregunté.  Los colores dorados me remitieron a una simbología religiosa. Su disposición,  la entrega de ambos a la magia del momento, el lugar, el colorido, todo me invitaba a pensar    que estaba ante una escena  en la que el amor y la religión se fundían, como si fueran la misma cosa;  o que para el autor amor y religión son lo mismo.

   Fue lo que hizo que mi imaginación volara  y me representara a Adán y Eva en el Paraíso, y  que el abismo que se abría a sus pies es donde ellos acabarían cayendo por desobedecer a Dios. Y lo sabían. Aun así ambos se entregaban a ese instante de goce supremo que solo el amor puede sublimar. Reflexión  que me llevó a considerar que Eva no desobedeció a Dios por curiosidad o afán de poder, sino por amor a Adán, pues solo con él sería posible afrontar la vida fuera del Paraíso,  solo la fuerza del amor podría salvarlos  y conseguir que volvieran a él.

     Volví al rostro de ella, un imán para mí, a su expresión de excelsa serenidad no exenta de inquietud, y vi en  él la propia de quien se entrega a un sentimiento detrás de cual está la vida, pero también  la muerte.
  


martes, 15 de enero de 2019

AMIGOS





Allí estaban todos, como cada año, distendidos, alegres, confiados y dicharacheros.

Ángel, ingeniero agrícola, militante de Podemos, radicalizado desde que la policía  diera una paliza a su hijo en una manifestación. Baldo, abogado matrimonialista, estalinista convencido desde que un sargento chusquero lo metió un mes en el calabozo por irse de putas con unos compañeros dejando abandonando el servicio de su unidad. Pedro, el más reservado de todos, solo hablaba si se le preguntaba algo,  notario, pequeño y sibilino, cargado de espaldas, con su sempiterno traje oscuro, chaleco y corbata, maoista fanático desde que se enamoró de una compañera de universidad, admiradora de Mao. Poca salud y parco en palabras. Julio, un marxista recalcitrante que sostenía que nadie que no sea marxista puede ser buena persona, pero solo lo decía cuando tenía dos copas de más. Se hizo marxista porque su padre lo obligaba a confesarse y comulgar todos los domingos, hasta que cansado de decirle al cura los mismos pecados y hacer la misma penitencia lo mandó a la mierda en el mismo confesionario. Le costó una somanta y un mes sin salir a la calle. Se sacó la licenciatura en Derecho después de diez años estudiando, o haciendo como que estudiaba. Juan “el Colorao”, empresario. Lo apodamos así porque tenía la cara del color de los boniatos. Cuando se produjeron los atentados del 11-M realizaba el servicio militar como alférez de complemento en el Cuartel General del Ejército, se presentó ante su capitán y le pidió permiso para que le diera el mando de un pelotón, personarse en el barrio de Lavapiés y detener a todos los marroquíes que encontraran, juzgarlos por lo militar y fusilarlos al amanecer. Era un admirador de Aznar, del que decía que había sido el mejor Presidente del Gobierno de España de todos los tiempos. Dani, profesor de secundaria, de Candeleda, población de la que su padre había sido alcalde durante la dictadura de Franco. Fue anarquista en su juventud, admirador de Bakunin, íntimo amigo de Julio y compañero de correrías. Un día se colaron en una boda gitana en un pueblo de Toledo, al padre del novio les cayó en gracia y los invitó a que se sentaran con ellos, pero Julio, que cuando tenía una copa de más no conocía ni al Papa, se empeñó en bailar con la novia, se dirigió a ella para pedirle que bailara con él y le cantó esta especie de epitalamio: “Tienen los gitanos / en el pelo caracoles / y le hacen a las gitanas / gitanillos que son primores”. Tuvieron que salir de allí por piernas y atravesar el río Tajo nadando para que nos los pillaran. Abjuró de su fe anarquista cuando la ETA mató a un familiar suyo: y se hizo falangista. También acudió Torres, interventor delegado del Ministerio de Agricultura, votante del PP, a quien Ángel no dejaba de mandarle propaganda de Podemos para que se afiliara, y él, en venganza, le correspondía enviándole fotos de mujeres desnudas. Sin embargo no había ido José Luís, Secretario Judicial, también marxista-leninista, que cuando hablaba no había forma de entenderlo, pues tenía una voz que sonaba a hueco. Sigue esperando que Cuba cambie de régimen para personarse en la isla a reclamar los bienes inmuebles de sus antepasados, todos requisados por Fidel cuando la revolución. 


Y en fin, estaba yo, Inspector de Policía, sin una ideología definida, amigo íntimo de Julio y Dani, con los que tenía que lidiar a fin de que no chocaran, como el día en que Dani le recordó la odisea con los gitanos de la boda, reprochándole que por su culpa estuvieron a punto de ser linchados, perdió su abrigo, y si no hubiera sido por él se hubiera ahogado en el Tajo. Estuvo sin hablarle dos meses.


Allí estábamos todos, riendo, celebrando que seguíamos vivos, recordando viejos tiempos, contando anécdotas de juventud, interesándonos unos por otros, sin mencionar la política, priorizando lo que nos unía -una amistad cimentada en nuestra juventud-, sobre lo que nos separaba: la advenediza ideología.

domingo, 30 de diciembre de 2018

LA TERTULIA QUE QUISO CAMBIAR EL MUNDO (y IV)


   



    —¡Pero qué estás diciendo, Presen! Tú estás desvariando. ¿¡Quién se ha llevado a quien en su cama!? ¡¿Lo quieres aclarar, mujer?! –le urgía el tal José.

   —¡El cura el cura que lo he visto yo! –insistía la limpiadora de forma atropellada- “¡que lo he visto yo, que lo he visto yo!” –seguía repitiendo  ya  más débilmente, apenas sin fuerzas-  ha subido las escaleras,  que he visto yo su rastro, lo he visto, que estaban mojadas y ha sido ella que iba empapada por la lluvia, he visto sus pasos los pasos de ella, ¡ay, Señor! ¿Por qué me pasan a mí estas cosas Dios mío, por qué? Debería haberme ido de Benojar, ¡este es el pueblo de la mala sombra! –se quejaba amargamente con las manos en la cabeza y balanceándose  adelante y atrás.   
   El tal José, no muy convencido de que Presen no desvariara, le dijo que no entendía ni jota de lo que estaba diciendo, así que le pidió que se incorporara y lo acompañara a la casa del cura  a ver qué pasaba.
   —¡Ni pensarlo! –respondió espantada- ¡yo no voy a esa casa ni por to el oro del mundo, allí está ella, la he visto en la cara del cura!
   —¿Vosotros entendéis algo de lo que dice? Yo es que no entiendo nada, lo que está claro es que algo ha visto –aventuró  el solícito vecino a los demás.
   —¡Vete tú a saber lo que quiere decir, con Presen nunca se sabe! –arriesgó uno de ellos-, lo que está claro es que algo le ha pasado al cura, y no precisamente bueno.     --Pues entonces hay que avisar a la Guardia Civil –propuso José ante la aprobación de todos los presentes.
   En esto  apareció por allí Jesús Clavero, el policía municipal del pueblo.
   —¿Qué significa este alboroto? –inquirió con gesto ceñudo sacudiéndose la gorra-. ¡Tempranico hemos empezado con las tonterías y las borracheras! ¡Pues menudo día habéis ido a escoger! ¿Acaso creéis que ya es Navidad o qué?
   El grupo se volvió al oír hablar de tal modo al agente local. Más de uno pensó para sí “pues sí que viene este bueno”.
   --De tonterías nada, y de borracheras mucho menos, ¡ojala fuera eso!, lo que pasa es que puede que le haya pasado algo grave al cura, por lo que hemos podido entender  –le informó José. 
   Clavero lo miró como quien mira a su peor enemigo.
   —¿Pero tú que te crees, que estoy yo para chirigotas esta mañana? –le recriminó el municipal-. Cómo se te ocurra gastarme una broma más de ese calibre te doy una con el virgotoro que no te va a reconocer ni tu padre, ¿te enteras?
  —¡Pero si no lo digo yo, joer! –se quejó José- lo está diciendo Presentación, que está para que le dé un síncope, no deja de  decir que ha venido “ella” y se ha llevado al cura ¿Es que no la ves?
   Clavero se abrió paso y reparó en Presentación, rodeada por el grupo que se había aglomerado en torno a ella y, con gesto de desconfianza y cara de póker, le preguntó:
   -Vamos a ver si nos aclaramos, Presen, ¿qué tontería es esa de que se han llevado al cura? ¿Me lo puedes decir?
   —¡No es ninguna tontería, leñe!  ¡Lo he visto yo con estos ojos! No hay derecho a que le den a una estos sustos. ¿Cómo voy yo a vivir ahora, Dios mío?  ¡Ay que disgusto le voy a dar a mi madre! –seguía quejándose y lamentándose amargamente.
  —Pero, ¿qué es lo has visto, Presen, cagoendiez? –quiso asegurarse el agente-. ¡Mira que no  está el horno pa’ bollos! Que como  sea una de tus historias te la ganas.
   —¡Ni bollos ni leches, Jesús! –replicó Presen con la poca fuerza que aún le quedaba- ¡que lo acabo de ver! El cura está en su cama con los ojos abiertos, y ha sido ella que ha entrado dejando un rastro de agua en su dormitorio y se lo ha llevado ¡se lo ha llevado! ¡Ay,  Dios mío!  ¡Está tieso, Jesús, tieso! ¡Ay Señor qué desgracia más grande para el pueblo! ¿Qué voy hacer yo, Señor, qué va a ser de mí?
   —Me cago en la pena negra. Acompáñame José –requirió ahora el municipal- vamos a la casa del cura a cerciorarnos de lo que ha pasado porque Presen está desbarrando. Y vosotras –se dirigió a las mujeres- quedaros aquí acompañándola,   tranquilizarla y que no se vaya, a ver si le sacáis algo en claro. Como sea uno de sus embustes  se va a acordar. 
    Ambos se dirigieron corriendo a la casa parroquial tratando de resguardarse de la lluvia  bajo los aleros de los tejados, y todos los demás vecinos que habían acudido a los gritos de  Presentación, detrás. Ésta se quedó acompañada de varias mujeres   que pugnaban por calmarla. “Anda, Presen, cálmate y explícanos qué es lo que ha pasado”. Y Presen, ya más sosegada, entre lágrimas y sollozos, reconfortada por su compañía, comenzó a explicarles que se había levantado esa mañana antes de lo habitual, --“como si me barruntara yo algo fijaos qué cosas, y mientras hacía el café no dejaba yo de preguntarme por qué me habré despertado hoy antes de hora, y se lo he comentado a mi madre, la pobre…”-
   Cuando llegaron a la puerta de la casa parroquial el uniformado se detuvo.
   —Ponte en la puerta y que no entre ni salga ni un dios –le dijo a José.
   El policía penetró en la casa, comprobó el rastro de agua al que aludía Presentación, subió las escaleras y se dirigió al dormitorio del sacerdote.  Antes de entrar se quito la gorra y se acercó al lecho. Los cabellos como escarpias cuando comprobó que, efectivamente, “ella” había visitado al cura tal y como repetía y repetía de forma cansina Presen. Le tomó el pulso en la yugular para asegurarse y se estremeció al comprobar la frialdad del yacente y su rigidez. El corazón del servidor municipal comenzó a latir con fuerza inusitada, como cuando disparó por primera vez con su pistola del 7.65 a un jabalí  que se había colado en el corral de su vecino en busca de comida:  le descargó todo el cargador sin darle ni un solo tiro. El jabalí, tras recorrer todo el perímetro del corral dando gruñidos y destrozando todo lo que encontraba a su paso se escapó, claro.
   Trató de cerrarle los ojos al sacerdote, pero no pudo. Se fijó en si había señales de violencia en su cuerpo y no observó ninguna, solo comprobó que su cabello estaba húmedo, también la almohada, hecho que le extrañó. Miró a su alrededor. Reparó en que el suelo estaba mojado. Rebuscó por toda la habitación. Había una almohada en el suelo, y sobre una silla,  tirada sobre ella en un revoltijo, se encontraba la sotana, un pantalón,  y una camisa, completamente empapadas de agua, y a su lado, pero en el suelo, una toalla también húmeda. Tomó nota de todo ello, cubrió de nuevo el cadáver y se dirigió a la salida.
   Salió de la casa  amarillo como la cera y antes de que se recuperara de la impresión sufrida, una de las mujeres que se habían quedado acompañando a Presen llegó corriendo, tremendamente excitada, chorreando agua,  como para que le diera algo, y entrecortadamente le dijo al municipal llorando: --“Jesús, ven corriendo, que a Presentación le ha dado un infarto y no responde, pa’mi  que se ha muerto”. 
   —¡La madre que me parió! –despotricó el agente local- Vete ahora mismo al cuartel de la Guardia Civil –le dijo a José- y que venga una pareja al instante, el cura también está muerto, Presen, en su desvarío, decía la verdad. Y tú –le dijo a la mujer- vete a avisar al médico y al practicante, que atienda a Presen el primero que llegue, yo me tengo que quedar  aquí custodiando  el lugar del delito, me voy a cagar en los huevos de avestruz y en la salsa de tomate,  que  hoy no es mi día…, ¡si es que me tenía que haber quedado en la cama! Cagoentó…  
   José salió corriendo hacia el cuartel sin reparar en la lluvia, más bien sin enterarse de que estaba lloviendo, y la mujer hizo exactamente igual en dirección contraria.  Los vecinos que esperaban en la puerta se santiguaron, los que llevaban gorra o boina se la quitaron en señal de duelo. Todos estaban guarecidos bajo el balcón de la casa situado justo encima de la puerta de entrada sin saber qué decir, en absoluto silencio, sumidos en sus meditaciones, sin dejar de pensar en lo extraña que es la vida. Por una parte,  para una vez que Presen dice la verdad va y se muere, y por otra el cura,  siempre recordándoles que se confesaran, que la muerte llega cuando menos se la espera, y le llegó a él que no se lo recordaba nadie. Y seguro que lo había pillado sin confesarse. ¡Hay que joderse!


NOTA.- Fin del I Capítulo. De momento no voy a seguir publicando  más capítulos de mi novela. Si os ha interesado podéis descargarla en Amazón. Gracias. 














viernes, 14 de diciembre de 2018

LA TERTULIA QUE QUISO CAMBIAR EL MUNDO (III)






Fue la propia dueña de la casa en la que servía  la que llamó a la tía Milagros  para que fuera a por ella, pues la depresión que le sobrevino bien podría calificarse de monumental. Su madre, que en lo tocante a cuidar de su hija no reparaba en mientes,  emprendió viaje de inmediato rogando a Dios y a la Virgen que no le pasara nada irreparable a su querida aunque atolondrada hija. 

   Se la trajo al pueblo en el tren correo sin más trámites, en un pesado y largo viaje de ida y vuelta. Solo le dirigió un reproche cuando estuvo ante ella: --¡Ay, hija, me vas a quitar la vida!- Una forma peculiar que ella empleaba para  darle ánimos, pues la vida de su madre estaba por encima de todos sus problemas.

   Acordaron que estaría en el pueblo hasta que se recuperara de su revés amoroso y sus lamentables consecuencias, así lo prometió su madre a la dueña de la casa a ruegos de ésta. La recuperación llevó su tiempo, pero los aires puros del pueblo, su tranquilidad, los cuidados de su progenitora, los ratos de conversación vespertina con las vecinas, y sobre todo, su temor a la innombrable,  la curaron. Y cuando por fin sanó y la sonrisa volvió a su rostro tras un largo año de agonías, dijo que nones, que no se iba, se negó en redondo a rodar una segunda parte de su odisea capitalina, tal vez por aquello de que segundas partes nunca fueron buenas.

   Su antigua señora le escribió varias veces encareciéndole su retorno con la promesa de aumentarle el sueldo,  pero se cerró en banda y no hubo forma, no quería saber nada de la capital ni de todo aquello que oliera a urbe. Su madre hubo de resignarse a tenerla en casa, pues total, estuviera donde estuviera los disgustos estaban garantizados,  prefería tenerla cerca pues al menos tendría una oportunidad de evitarle y evitarse alguno.   De esta guisa acabó su periplo migratorio y retomó su peripecia rural:  una vida sosegada y sin sobresaltos, una madre siempre pendiente de ella para que no hablara más de la cuenta, una  “Princesa” como vigía de sus sueños, unas  limpiezas caseras para mantenerla en forma y sus chismorreos cotidianos poniendo sal a su vida.

    Desde entonces no miró nunca más a un hombre ni consintió que ninguno se acercara a ella. --Una y no más, Santo Tomás-, repetía una y otra vez cuando le preguntaban si tenía novio.  Terca como una mula cuando se le metía una idea en la cabeza.
   La mañana que trastornaría definitivamente su vida amaneció inclemente, una mañana de perros lluviosa y fría, con la Navidad en el horizonte, dos días después de Santa Lucía. Como todas las mañana se levantó cuando en el reloj de la iglesia sonaban las siete. Como siempre preparó un puchero de café, hirvió leche, tostó pan y preparó el desayuno para su madre y ella. A su término se aseó y ayudó a su madre a hacerlo, se vistió, se perfumó y, ya dispuesta, se despidió de su progenitora, la cual siempre aprovechaba la ocasión para encarecerle algún consejo. El de esa mañana fue  “ten cuidiao y abrígate,  que está lloviendo muncho y no vayas a resfriarte”.  Cogió un paraguas y salió a la calle. El viento húmedo y gélido de la sierra azotó su cara, la lluvia repiqueteó sobre el paraguas y sus pisadas sobre el asfalto, torpes y pesadas, salpicaron  de agua sus zapatos y sus medias. Nunca usaba pantalones, ni siquiera como pijama. Bordeó la plaza Mayor, melancólica y desierta, mientras sonaban cadenciosas, en el reloj de la iglesia, las nueve de la mañana.   
    Entre las casas que formaban parte de su quehacer se encontraba “la Casa del Cura”, así llamaba ella, y en realidad todo el pueblo, a la casa parroquial, un caserón decimonónico situado en el centro de la calle principal de Benojar del Duque. 

   Con el rictus del reproche en su rostro por el frío, aterida y mojada pese al paraguas y al abrigo, llegó a la casa parroquial. La puerta de la calle estaba cerrada, cosa que le extrañó, lo normal es que ya estuviera abierta,  pues a esas horas don Propósito ya estaba levantado y lo primero que hacía era abrir la puerta de la calle antes de meterse en su despacho. Se dijo que  tal vez fuera por la lluvia, incluso a veces,   para ir a ver al Obispo o atender alguna urgencia,  aunque en un día como aquel… Sumida en sus propias cavilaciones abrió con su propia llave y entró en la casa.

   --Padre, ¿está usted ahí? –demandó. Nadie respondió a su requerimiento.
   Convencida de que el cura había salido se dirigió al cuarto de la limpieza, se quitó el abrigo, se puso una bata, cogió la escoba, el recogedor  y un cubo y se puso a limpiar la planta baja de la casa, la que más se ensuciaba por las visitas. Fue entonces cuando reparó en que en el vestíbulo de la entrada había manchas de agua. Intrigada miró a su alrededor y comprobó que las escaleras que conectaban con las estancias superiores también estaban mojadas. “¡Qué raro! –pensó- ¿habrá salido esta noche y se ha quedado dormido?” Sin tenerlas todas consigo subió a la primera planta de la casa. Había un reguero de agua por todo el suelo hasta su dormitorio. “Seguro que ha tenido que salir a medianoche y el pobre se ha quedado frito”, pensó. Abrió los postigos de las ventanas del salón de la casa haciendo ruido ex profeso por ver si así  despertaba; al no obtener respuesta entró en la alcoba. No se había equivocado, don Propósito aún dormía en su cama tapado hasta la cabeza. No supo qué hacer, si despertarlo o dejarlo dormir. De todas formas le extrañó, nunca le había ocurrido tal cosa.  Se acercó a la cama y lo llamó.
   --Padre, que son las nueve y media, se le han pegado las sábanas, levántese.
   Pero el padre no respondió, ni se movió, ni dio señales de vida.

   --“Pues sí que se lo ha tomado en serio –pensó para sí-. ¿Y si le ha pasado algo?”
   Alarmada ante tal posibilidad se acercó hasta el borde de la cama con mucha prevención y le tocó con un leve zarandeo. Al comprobar que no se movía le destapó la cabeza.
   -Padre, padre, que es muy tarde, arriba que tengo que… ¡¡SANTO DIOS!!
    Se apartó de la cama horrorizada, como si hubiera visto al mismísimo Demonio  y salió del cuarto haciéndose cruces sin dejar de repetir --“¡Ay Dios mío, ay Dios mío…!”- precipitándose escaleras abajo gritando desaforadamente y temblando toda ella como una fuente de gelatina. Fue un verdadero milagro que no cayera rodando por ellas. Salió a la calle  sin dejar de gritar como una posesa: --“¡ay Dios míííííío que ha venido  que ha venido y se ha llevado al cura se lo ha llevado se lo ha llevado!”-  ¡Hay Señor qué desgracia más grande qué va a ser de míííí!”- sin cesar de santiguarse, con el signo del espanto en su rostro, con la imagen  del preste en su retina, ojos abiertos y  mirada de terror.

   Sin dejar de proferir lamentos,  agitando los brazos y llevándose las manos a la cabeza, encaminó sus pasos hacia la plaza. Ni un alma en la calle. La lluvia la empapó al instante pero ella ni  lo advirtió. --“¡no quiero, no quiero irme!”-, pregonaba sin cesar de correr como si la dama de negro la  persiguiera. Iba ciega, sin ver nada, con la mirada extraviada, dando bandazos y traspiés sin dejar de llorar y repitiendo --“¡ha venido, ha venido a por mí, no quiero, no quiero!”-.

   Alguien, desde una ventana, preguntó gritando: --“¿Qué pasa, Presen, quién dices que ha venido?-, y ella --“¡que ha venido, que está aquí, que ha venido a por mí!”-, sin dejar de correr sin rumbo fijo. Alguien se acercó a ella en su desvarío. --“¿¡Pero qué es lo que dices, Presen!? Cálmate, mujer ¿qué es lo que te pasa?” --“¡Que ha llegado ya, ha llegado!”- No cesaba de repetir ella sin prestar atención al vecino que trataba de calmarla. --“¡¿Te quieres tranquilizar, Presen?! ¿Qué es lo que ha llegado?”
   Mientras el vecino trataba de serenarla y averiguar qué le pasaba poco a poco fueron acercándose más vecinos y vecinas atraídos por sus gritos desaforados, preguntándose a qué venía que Presen gritara de aquella manera tan espantosa, no parecía sino que fuera a acabarse el mundo  con la que estaba cayendo. 

   Consiguieron guarecerse bajo los soportales del Ayuntamiento empapados vivos y sentaron a Presen en uno de los bancos, pero esta no dejaba de gritar --“¡ha venido a por mí, ha venido y se ha llevado al cura, se lo ha llevado, que yo lo he visto, he visto su rastro por toda la casa, hay señor que desgracia más grande, y ahora vendrá a por mí!”-, sin dejar de llorar y suspirar. Hasta que un vecino, por nombre José, que  no soportaba más la incertidumbre de la cantinela de Presentación,  la cogió por los hombros, la zarandeó con fuerza hasta atraer su atención y le gritó: --“¿¡nos quieres decir qué coños estás diciendo, Presen!? ¿No será una de las tuyas?”

   Presentación miró a quien la zarandeaba de aquella manera y enmudeció, como si fuera la primera vez que lo veía. --“¿Qué es eso que ha venido? ¿Te quieres explicar, leches?”-  Preguntó de nuevo el hombre con apremio.  --“¡Se lo ha llevado José se lo ha llevado,  ha entrado a su dormitorio y se lo ha llevado, yo lo he visto,  en su cama,  está aquí, ay señor que desgracia y me ha tocado a mí verla, por qué a mí señor, viene a por mí, viene a por mí!” –seguía lamentándose la hija de la tía Milagros sin dejar de llorar, temblando como un flan. ((Continuará)

viernes, 7 de diciembre de 2018

LA TERTULIA QUE QUISO CAMBIAR EL MUNDO (II)








CAPÍTULO I

    Presentación Jiménez Jiménez, conocida popularmente en Benojar del Duque como Presen, ejercía su labor doméstica a sueldo desde que a los catorce años terminara su educación primaria.

   A la sazón era una mujer alta y corpulenta, bien parecida, con porte de gran señora, aunque lenta y torpe.  Gozaba de buena salud, aunque debía cuidar su tensión. Instalada en sus cincuenta años de vida, dedicaba cuerpo y alma  a su trabajo y al cuidado de su madre, la tía Milagros, con quien vivía sin más compañía que una gata a la que llamaba “Princesa”, tal vez  lo que ella soñara con ser algún día.  

   Tenía dos graves defectos: un gran corazón y muy poco juicio, y si bien era complicado afirmar que el primero fuera la causa del segundo o viceversa, estos aspectos  de su personalidad constituían una fuente de problemas en su vida, pues estaban  en la base de sus fracasos afectivos y  de las frecuentes discusiones con su madre y los vecinos. No lo podía evitar, ella era así y así sería hasta que Dios dispusiera llevársela,  certeza que le causaba un tremendo comecome cada vez que le venía a la cabeza, por lo que decidió no pensar en esa perturbadora realidad que le quitaba el sueño ni en nada que tuviera que ver con ella, decisión que no vino sino a agravar aún más su problema.

   Dos episodios de su vida, uno en su infancia y otro en su juventud,  fueron los que, sumados a  sus carencias intelectuales,  constituían la brida inconsciente de su manera de actuar.  
   Nueve años y la más tierna inocencia en sus ojos cuando asistió al entierro de su padre. El boato del tránsito, las prédicas del cura, el catafalco cubierto de telas negras, la iglesia lúgubre, iluminada tan solo por los cirios que proyectaban sombras, el olor a cera, el misterio,  el silencio reinante roto tan solo por los gemidos de las mujeres, los siseos, las salmodias del sacerdote…, y después, aquel camino interminable al cementerio, el sonido de las campanas doblando, el enterrador desclavando el crucifijo de la caja y dándoselo a su madre, aquella fosa tan profunda por la que descendió su padre, el espantoso sonido de la tierra chocando contra él…  El terror y el espanto que le produjo la tétrica ceremonia penetraron en ella y ya nunca consiguió arrancarlos de su vida.

    Desde entonces, con tal  de no pensar y olvidar su terrible experiencia, le dio por inventarse historias y, cuando su imaginación se cansaba de  trabajar,  exageraba las que habían tenido lugar,  las  modificaba  agregándoles algún detalle a su gusto o las adaptaba a su ser. Le resultaba divertido. Ora omitía, ora adornaba, ora cambiaba…, pinceladas personales que añadían morbo e intriga  alimentando así  su necesidad de tener algo propio que llevarse a la boca  y engañar a la que un día vendría a poner fin a sus días y llevarse sus historias.
   Para su sorpresa la gente, que nunca le había prestado atención, no solo se la prestaba  ahora, sino que lo hacía con auténtico fervor. Fue así como, poco a poco, sin apenas darse cuenta, le cogió el gustillo a sus mentirijillas, pues con ellas conseguía matar dos pájaros de un tiro: olvidar a la que no quería recordar y que se hablara de ella. Protagonista, recordada. ¡Viva!

  Poco le importaba a ella que antes o después descubrieran sus trolas y la pusieran colorá, era el impuesto que debía pagar por su mitomanía. Naturalmente ella lo negaba todo con  el sello del sofoco en su cara, y si no había escapatoria posible, con el corazón a punto de salirse de su pecho decía que tanto afán por tacharla de mentirosa no era normal,  que a ver a qué venía  tanto interés habiendo por ahí cada mentirosa  quepaqué…, que lo sabía ella y no quería mirar a nadie… Otras aseguraba sin empacho alguno que había sido una broma,  que no se había dado cuenta,  que es que a veces tenía una cabeza…  Sus mentiras iban desde lo más inocente: --Tu gata se ha metido en mi cocina y se ha llevado dos sardinas en la boca-. Y la vecina, alterada: -Si, claro, ahora va a resultar que mi gata tiene dos bocas-. Y ella respondía: --Y hasta tres, que lo he visto yo, un día le doy un trancazo-. Y la vecina, picada, le replicaba: --Ya te cuidarás tú mucho de hacerle algo a mi gata-. Y ella concluía victoriosa: --Pues dale de comer como yo le doy a la mía, que la tienes esmayá viva-, hasta lo más perverso: --María, no te lo vas a creer –con aspavientos- mira bien debajo de las camas que he visto una culebra meterse en tu casa-. Y la vecina, horrorizada, exclamaba: --¡Jesucristo, no me lo digas ni en broma!- --¿Broma? –fingía sorprenderse- Un pedazo de culebra así de grande-. Y abría los brazos en cruz todo lo que podía.  

   En su afán por atraer la atención no le causaba mayor empacho  ensalzar a una vecina hoy, y mañana, con el mismo objetivo, ponerla a bajar de un burro.   Estos vaivenes eran los que su madre le reprochaba amargamente. Le dolía en el alma que  su descuidada hija se comportara como una niña caprichosa, sin reparar en las consecuencias de lo que decía, como si disfrutara en decir hoy una cosa y mañana  la contraria. No lo podía entender.  
   Las recriminaciones de su madre  reproducían en ella unos sofocones tremendos, pues le dolía que no la comprendiera y encima tratara de disculparla ante las vecinas.
   —Tú no tienes que decirle nada a las vecinas, que para eso me basto y me sobrole decía a su madre enfadada.
  ¡Huy, hija mía, qué equivocada estás! A ti lo único que te sobra es malafollá-. La tía Milagros, la pobre, estaba hartica de sufrir por ella.

   Su vida, de no ser  por su trabajo, sus artificios y su afición al chismorreo, sería un páramo desolado, pues  le ayudaba a perseverar en el empeño de seguir siendo “buena”,  de no negar un favor a quien se lo pidiera, de impedir que su corazón le fallara y poder seguir soñando con ser princesa, cualidades que a fin de cuentas la mantenían en pie,  la prueba era que, a pesar de las discusiones con las  vecinas, a pesar de los malos ratos que les hacía pasar con sus “alteraciones de la realidad”, al  atardecer se sentaban en su puerta para charlar con ella. Era su máxima felicidad,  esos ratos de  cháchara en los que  escuchaba y se hacía escuchar desarrollaban en ella todo su potencial, la elevaban a los cielos, pues aparte de ellas solo podía hablar con su madre, pero a su madre no podía contarle sus “caprichosos desvíos”, la conocía demasiado bien: 

  Ya estás otra vez con tus cosas- le decía cuando le contaba algo que no le cuadraba, reproche que provocaba la inevitable discusión-. --¡A quién le habrás salido, hija, a quién le habrás salido!-  se quejaba su progenitora amargamente saldando así la polémica. 

Dieciocho años tenía cuando tuvo lugar el segundo hecho más perturbador de su vida.  Queriendo conocer otros horizontes y ganar unas pesetillas para el ajuar,  decidió irse “a servir” a la capital. En ella estuvo varios años, no se sabe muy bien si fueron cinco o seis. Y fue allí, en la  urbe capitalina, donde conoció a quien ella creyó que era el hombre de su vida, el cual,  aprovechándose de su ingenuidad natural, no tardó en enamorarla perdidamente empleando para ello una verborrea que a ella se le antojó celestial. Lo demás fue coser y cantar para el aprendiz de don Juan, pues ella, simple, confiada y desprendida,  muy necesitada de amor y afecto, se entregó a él en cuerpo y alma. Le resultaría cara su entrega, pues su pícaro príncipe azul no se contentó con robarle la virginidad, sino que también arrambló con sus ahorros.

    Rota de soledad y desamor, sin nadie a mano a quien contarle su fracaso amoroso a su manera, se derrumbó. Lo que más le preocupó del caso no fue tanto perder su virtud y su alcancía como todo lo  que su madre le diría cuando se enterara, pues no tendría más remedio que decírselo antes o después. A su madre no podía engañarla. Si a ello unimos la comidilla de la que inevitablemente sería objeto en el pueblo, ansioso de historias como la suya, el disgusto de su madre  se uniría al suyo y la suma de ambos sería demasiada carga para ella. Esta convicción, y el hecho de que  llegara a saber  que el autor de la artimaña era un vulgar pintamonas, sin oficio ni beneficio,  que cualquiera con dos dedos de frente habría descubierto en un abrir y cerrar de ojos,  la sumió en un estado de ansiedad que demolió la escasa resistencia que aún le quedaba


   Le sobrevino una depresión de cien quintales y a punto estuvo de vérselas con la de la guadaña, factor a la postre desencadenante de su curación, pues ella estaba dispuesta a hacer lo que fuera con tal de que esa señora no visitara su casa.  En el pueblo no faltó quien dijera que de aquí le venía a ella  su inclinación a deformar  las cosas,  que se inventaba lo que se inventaba como una estratagema para no volverse loca, para no pensar en su imperdonable falta, de forma que  se fue ganando justa fama de embustera proverbial. De hecho, cuando corría algún chisme sobre alguna de sus conocidas  la afectada se iba al bulto: --Eso solo ha podido  decirlo la embusterísima de Presen-.  Puede ser, y puede que una cosa  no quitara a la otra,  pero  su afición al embusteo le venía mayormente por temor a que la parca se la llevara sin que se enterara nadie y sin decir ella la última palabra.   (continuará).

sábado, 1 de diciembre de 2018

LA TERTULIA QUE QUISO CAMBIAR EL MUNDO








Inicio hoy, 1 de diciembre de 2018 a publicar por tramos mi novela, que escribí años ha.
   Se titula LA TERTULIA QUE QUISO CAMBIAR EL MUNDO, y es  la historia de una venganza. Tiene 322 páginas, un preámbulo y XXXI capítulos. Empieza así:




PREÁMBULO

    Cuando la única opción es poner la otra mejilla el silencio se extiende como respuesta a la injusticia. Es la hora de los héroes.  En esta historia, acaecida  en un pueblo olvidado, la costumbre llegó a convertirlo  en un mal, un mal sin galones, pero igual de dañino. Tal vez peor.  
   El silencio como respuesta  obliga a fingir lo que no eres, a decir lo que no piensas, a simular lo que no sientes, que se une  a la certeza de que nunca serás  lo que sueñas. Se detecta en la expresión de tu rostro, en la ansiedad de tu mirada, en tus gestos, repetitivos y cansinos,  en que nada de lo que dices trasciende  fuera de ti. Y sin ser plenamente consciente de ello llevas a cuestas tu desengaño prendido de un callar de espadas.
   Interiorizas como algo natural  que trae más cuenta ser  maestro de la indefinición que amigo  del compromiso. Sin embargo, la tensión que conlleva el silencio te lleva a criticar en los demás lo que otros critican en ti, en lugar de  señalar a quien debe ser señalado, pues has asumido que la verdad se alza como enemiga de la convivencia y el silencio como su aliado.  
    Huyes del riesgo, al que tratas con distanciamiento,  y aquel que lo defiende como un valor necesario para vivir en plenitud lo miras con recelo, pues ¿cómo no pensar que quiere aprovecharse de ti?  
  El vacío de tu vida  lo cubres con misas y distracciones de casino,  batidas de caza y charlas al atardecer, en la plaza o en la taberna. Y así, con la bandera de la desconfianza izada, pasas tu tiempo  esperando que todo cambie y mejore sin hacer nada. Todo es duda que te atenaza mientras el tiempo corre sin darte cuenta  de que estas  enfermo de miedo y te acuestas con la mentira. 

   Este panorama, que el lector sabrá interpretar, trataron de burlarlo tres vecinos de un pueblo perdido de la geografía española a los cuales se les ocurrió fundar una tertulia, tal vez  porque intuyeron que si seguían callando acabarían por hablar solos.  Sus componentes,  tres amigos que ni siquiera  se fiaban entre ellos, echaron una moneda al aire y les salió cara, seguramente porque la suerte quiso darles una oportunidad antes de que  el silencio los devorara, y fue así como se embarcaron en la aventura de vencerlo sin sopesar las consecuencias de su azarosa  iniciativa.     

   La historia, de ribetes singulares, humana y trágica, por momentos conmovedora,  me la refirió el guardabarreras del pueblo, un cincuentón de generosa estatura, cargado de hombros,  mirada inquieta y tez oscura, parsimonioso y solitario, de los que hablaban poco pero rompían el silencio cuando lo hacían,  de los que están del lado de la verdad y se comprometen con ella  por amarga que esta fuera, amargura que endulzaba  con su particular sentido del humor, un humor que se asomaba a su mirada, escéptica y burlona, para despistar al silencio.   Era precisamente esta cualidad, ser serio y aparentar lo contrario la que, junto con su particular forma de entender la vida, le  proporcionaron  fama de frívolo, hecho que le permitía jugar con la verdad como si fuera mentira. O viceversa.  

Lo conocí una tarde, durante un paseo, el primer año que fui a pasar unos días al pueblo,  donde vivía la familia de mi mujer. Él estaba en la puerta de su garita, junto a la vía, y lo saludé con un buenas tardes, a lo que él respondió, nos dé Dios, con cierta ironía. Al volver de mi excursión aún seguía en el mismo lugar y le pregunté si no se aburría, por decir algo. Me respondió que solo se aburren los que no tienen imaginación. Me acerqué donde estaba, me presenté, nos dimos la mano y ahí nació nuestra amistad. Todos los años, a partir de ese día, cada vez que iba al pueblo lo visitaba. Fue al segundo año de conocernos cuando me la contó. Salió a colación de forma espontánea y por casualidad.

   Los dos estábamos sentados en la terraza de una venta de carretera,  cerca del pueblo, una tarde de  verano postrero con el sol en el horizonte. Ambos saboreábamos la frescura deliciosa de una Alhambra y disfrutábamos de la placidez del lugar, razón que nos había llevado allí.  Hablábamos  del pueblo,  de su estentóreo silencio, de su negro futuro, de su anodino presente y, de pronto, en medio de la conversación, me preguntó de improviso: “¿Qué entiende usted que es la verdad?”  Casi me atraganto, era la primera vez que alguien me sometía a semejante prueba, así que lo miré con verdadera curiosidad (debo confesar que no conocía a fondo al personaje).

   Para responder a su insólita pregunta recordé una alucinante historia que había oído contar en una taberna del barrio de Lavapiés de Madrid. 


La contaba un hombre de unos sesenta años de edad con aspecto de bohemio, a un joven que compartía mesa con él. Yo estaba sentado en la mesa contigua y aquel ejemplar de ser humano de  mirada triste, cabello y barba blancos, rostro enjuto y surcado por profundas arrugas, muy delgado, alto, vestido con un pantalón vaquero de color negro, polo del mismo color y una chaqueta blanca,  contaba que un día Dios resolvió decirle la Verdad a los hombres.  Su insigne decisión la plasmó  de su puño y letra en un folio de color azul y, para hacerla llegar a los humanos no comisionó a sus ángeles  ni a sus arcángeles, sino al mismísimo Lucifer al que llamó a su presencia. Cuando el del Averno acudió a su llamada con su habitual cortejo de olores inmundos lo hizo arrodillar y jurar ante Él que acataría su mandato: “Has de llevar la Verdad a los hombres en nombre de tu Dios”. Así lo prometió y se comprometió el Príncipe de las Tinieblas doblando la cerviz,  sumiso y ladino. Dios le entregó el título donde había resumido  la Verdad y el mensajero celestial de los infiernos se personó en la Tierra tras meditar cómo cumplimentaría el mandato divino. Revestido de su poder y disimulando su condición, reunió a la humanidad para comunicarle la noticia de la que era portador.
  --“Dios ha decidido transmitiros la Verdad –anunció  a la masa informe con voz tronante desde su atalaya- y yo, como vasallo suyo, os la traslado  cumplimentado así su mandato”. --“¡Alabado sea Dios!” --clamó la multitud. Alabanza que el comisionado prefirió ignorar. Con el semblante contraído por la ira  y disimulando su disgusto se dispuso a cumplir su anuncio, pero ante la sorpresa de la muchedumbre extrajo el pliego y rugió: --“¡Aquí la tenéis, buscadla!”. Y no leyó el contenido del folio como el gentío esperaba, sino que lo hizo confeti en un vertiginoso movimiento de manos y los arrojó al viento. Había cumplido con el mandamiento divino. Ahora cada hombre tenía su verdad revelada por Dios, aunque de la mano del diablo”.  
   El guardabarreras permaneció pensativo tras escuchar mi alegoría y al fin comentó:
     —Seguro que se quedó con más de un trozo”. “--¿Para qué? –le pregunté-, no necesitaba ningún trozo, pues  leyó el folio antes de romperlo. --“Ya –concedió-, pero el Diablo es muy desconfiado y seguro que pensaría que lo mejor era quedarse con varios trozos por si el hombre fuera capaz de juntarlos todos…”  Los dos reímos.
   Esa fue la mejor prueba de que le gustó mi explicación,  lo leí en sus ojos, si no, no me habría comentado a continuación:
     —Es decir, que si Dios comisionó al Diablo para algo tan trascendente es que era bueno hacerlo así.
    —O necesario –completé yo.
    —Ya –aceptó él- por eso echó a Adán y a Eva del Paraíso.
    —Una buena teoría –abundé yo.
    —De todas formas lo que tiene de curioso este caso –creí oportuno señalar- es que aquel hombre le dijo a su joven acompañante que su hijo era cura, y que antes de que ingresara en el seminario le contó la misma historia.  El joven, supongo que  por curiosidad o por si llegara a tropezarse con él, le preguntó por el nombre de su hijo  --“Se llama Propósito –aclaró el anciano-, le puse ese nombre porque no hay ningún santo que se llame así, de manera que si llega a serlo será el único.  Aunque lo dudo”. 
   Fue después de meditar sobre lo que le conté cuando me dijo: 
   -Pues yo te voy a referir mi verdad sin intermediarios. Por cierto, no sé si será casualidad, pero el protagonista es un cura, y casualmente se llamaba don Propósito, y era de los que transmitían la verdad de Dios a su manera. 
   Y me relató esta historia que tal vez termines de leer o tal vez no, pero  si sientes que nada de lo humano te es ajeno te invito a que llegues hasta el final. Naturalmente que yo, salvando las distancias,  te la cuento a mi manera, como hizo el Diablo. Y también quedándome con algún trozo de ella. No podemos escapar a nuestra condición.  (Continuará)