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miércoles, 18 de diciembre de 2019

EL PASO DEL TIEMPO











   A veces uno percibe la inefable inquietud del paso del tiempo como una herida, con dolor y tristeza. Es una inquietud que te advierte, no tanto de lo que has perdido, como lo que no has sabido ganar,  etérea, inconcreta, como cuando crees que has olvidado algo que debías hacer y no sabes qué. 

  O de pérdida, no de lo que sabes que has perdido, sino de aquello indefinible que no nos muestra su cara, como si de pronto te asaltara  la sensación de que has  dejado atrás algo importante que deberías haber tenido en cuenta, o que deberías haber hecho, algo que tal vez podría haber dado un vuelco a tu vida si lo hubieras pensado mejor.  Cosas que viviste en su momento, o te dijeron, o supiste y no les prestaste la atención debida. Y que de habérsela prestado tal vez las cosas hubieran sido de otra manera. Solo sabes que, sea lo que sea, lo sepas o no, ya es irremediable. 

   Tal vez se deba a las fechas que se acercan, que tienen la virtud de retrotraerte al pasado y recordar todo lo que, con el paso de la vida, has perdido o no has sabido ganar por falta de valor o de iniciativa. O por tener la mente en otro sitio, o por desconfianza en ti o en los demás. 

Seguramente sea bueno recordarlo porque cuando todo lo que has perdido ya es pasado, al menos constatas que te queda el futuro para poder recuperarlo. Y si ya es irrecuperable,  proponerte ganar otras cosas que llenen el vacío de las que perdiste. Resignarte, aceptar tu suerte sin más, no es lo que tú esperabas de ti ni lo que esperaban los que confiaban en ti.  


   Es como el que lleva años tratando de dejar de fumar. Si por fin lo deja el dinero gastado no lo va a recuperar, pero podrá recuperar dos cosas: su salud y el dinero que a partir de ese día no se va gastar. 

   Que tengáis una Feliz Navidad. 




domingo, 1 de diciembre de 2019

LEYENDAS DE PASIÓN







Anoche estuve viendo la película "Leyendas de pasión", protagonizada por actores de reconocida solvencia como Brad Pitt, Anthony Hopkins, Aidan Quinn, Julia Ormond..., que ha pasado más bien desapercibida para el gran público, siendo como es una grandísima cinta. Tal vez fuera el título original el que escondió su grandeza, pues traducido sería "Leyendas de la cascada", un título ridículo.
En esencia,la película narra las vicisitudes de una familia en el periodo comprendido entre el inicio de la 1ª Guerra Mundial y los años 30. La familia está compuesta por el padre ( Anthony Hopkins) y tres hermanos (Brad Pitt, Aidan Quinn y Henry Thomas), Tristán, Alfred y Samuel respectivamente. Y un quinto personaje esencial en la película, la novia de Samuel (el menor de los hermanos), Susana, interpretada por Julia Ormond, de la que los dos hermanos de Samuel se enamoran, pero ella se enamora de Tristán. Fue cuando Samuel muere en la Guerra cuando cambia todo, lo trastoca todo en la familia. Pero a pesar de que Tristán y Susana están enamorados el uno del otro, finalmente ella se casa con Alfred, que se culpa por la muerte de su hermano Samuel y reniega de Dios y de todo.
Me he entretenido en contaros todo esto porque me interesa destacar que, a pesar de que el hermano mayor, Alfred, lleva una vida ordenada, el favorito de la familia es Tristán, que es todo lo contrario, es impulsivo, apasionado, no respeta normas ni divinas ni humanas... Y hay una escena, ya casi al final de la película, en la que Alfred, con gran amargura, le dice a su hermano Tristán: "Siempre he respetado las leyes divinas y humanas, sin embargo tú nos has respetado ninguna. Aun así, siempre has sido más amado que yo por mamá, por papa y por Samuel, incluso por mi mujer".
Es impactante la crudeza con que el hermano mayor le confiesa al hermano menor su amargura por no ser merecedor del amor de su familia, ni siquiera del de su mujer, a pesar de haber respetado las leyes divinas y las humanas. Confesión que, finalmente, le hace reflexionar y cambia su vida.
Si tenéis oportunidad de verla, no os la perdáis.
Feliz domingo. el primero del último.

domingo, 11 de febrero de 2018

MALDITO EGOÍSMO





Permitidme la siguiente reflexión. En la vida hay dos maneras de hacer las cosas, esencialmente dos, hacerlas bien o hacerlas mal. Tal vez me preguntéis cómo se distinguen unas de otras, porque es lo cierto que hay auténticos especialistas del camuflaje que saben embadurnar muy bien sus actos para que parezcan asumibles cuando en realidad son infumables. 

   Pues muy fácil: las cosas bien hechas son bellas y reflejan el amor con el que han sido elaboradas. Las cosas mal hechas reflejan todo lo contrario, ni son bellas ni hay amor en ellas. La pregunta no es preguntarse si estamos haciendo las cosas bien o mal, pues está claro que no las estamos haciendo bien, la pregunta es ¿hasta cuando vamos a aguantar? 

   La paradoja es que hacer las cosas bien nos proporciona satisfacción y bienestar y sin embargo las hacemos mal. ¡Si solo hace falta un poco de amor! Maldito egoísmo.

sábado, 6 de enero de 2018

TRES COSAS






   Cuando empieza un Nuevo Año,  que casualmente este ha comenzado en lunes –para que luego digan que el lunes es el peor día de la semana- no está demás preguntarse si el año que ha acabado ha merecido la pena vivirlo y que cosas le pedimos  al que comienza.

  Respecto a si el 2017 ha merecido la pena vivirlo es algo personal, en mi caso los ha habido mejores. En general no ha sido un buen año, han contribuido a ello los independentistas, que se han venido arriba y casi nos estropean la llegada de los Reyes Magos. Donald Trump, el Brexit, los atentados del ISIS, la crisis de los refugiados  y el paro han hecho  de 2017 un año para olvidar.

    Respecto al 2018 me he preguntado qué tres cosas no me deberían faltar para ser feliz, o que al menos con ellas pueda tener  suficientes razones  para no sentirme un infeliz. Si os digo la verdad no tenido que pensarlo mucho,  porque si algo nos hace feliz en la vida  no son las cosas materiales, el dinero por sí solo no da la felicidad, son aquellas cosas que se nos escapan de las manos con frecuencia sin que podamos evitarlo las que nos pueden justificar y  alimentar nuestra ilusión.

  La primera es el amor. No se puede vivir sin amor, sin amar y sin ser amado, pues sin  amor la vida es gris y triste como un crepúsculo invernal.  Sobre el amor a los demás decía Jean Paul Sartre: «Trata de amar al prójimo. Ya me dirás el resultado». Y sobre el amor, amor, reflexionaba Antoine de Saint Exupéry: «Amar no es mirarse el uno al otro; es mirar juntos en la misma dirección».  La guinda la puso Julio Cortazar cuando propuso: «Ven a dormir conmigo: no haremos el amor. Él nos hará.».

  La segunda cosa es la amistad. La amistad es uno de esos ingredientes  sin el cual la vida carecería de sabor, sería sosa y aburrida, sin color, pues si hay momentos vividos que siempre recordaremos con nostalgia son aquellos que compartimos con los amigos.  Hay un proverbio chino sobre la amistad que a mí me encanta: «La amistad es un alma que habita en dos cuerpos. Un corazón que habita en dos almas».  Yo no quiero idealizar la amistad, pues como sentimiento humano que es está sujeto a altibajos, pero los amigos siempre están ahí, a veces te incordian, pero te quieren y hacen que te rías a corazón abierto con ellos.  Los amigos son la familia que uno elige.

  La tercera cosa no podía ser otra que la salud.  La salud es una de esas cosas imprescindibles de la vida que paradójicamente solo echamos de menos cuando nos falta, a pesar de lo cual  no solemos cuidarla como se merece. Decía el Mahatma Gandhi que  «La salud es la riqueza real y no piezas de oro y plata»   Y es verdad, sin salud no hay alegría, no hay ilusión, no hay horizontes, sin ella sobra todo. 

  Pues estas tres cosas son las que yo os deseo esta mañana de Reyes, seis de enero, sábado, de 2018. 

 


viernes, 14 de julio de 2017

REIVINDICACIÓN DE LA SENCILLEZ






¡Ah, los actos sencillos! El origen de la corrupción reside precisamente en que menospreciamos los actos sencillos y cotidianos propios de una vida sencilla y tendemos a buscar lejos lo que tenemos a mano, y como no lo encontramos y vemos que otros con menos méritos lo tienen no dudamos en vender nuestra alma al Diablo con tal de conseguir lo que honradamente sería imposible, equivocada ambición que nos impide hacer bien las cosas y nos aleja de nosotros mismos, y cuando las cosas no se hacen bien tratan de justificarse de cualquier manera o se justifican con las reprochables conductas de otros, así es como se pierden de vista los valores y se tiende a valorar más el envoltorio que el contenido mientras se disimula todo lo contrario, terreno abonado para el descontento general, pues si quien tiene la obligación de actuar bien actúa mal los que no han participado del pastel y aspiran, como los demás, a repartirlo ellos, explotan el descontento social atacando al sistema que lo ha hecho posible envueltos en la bandera de la igualdad y de la justicia social, o de cualquier otra idea que cumpla el propósito, pues se sabe de antiguo que ni la igualdad ni la justicia existen, pero siguen enganchando a los ingenuos y a los resentidos, cuando lo que le hace falta a esta infame sociedad de consumo es disciplina y educación y le sobran salvapatrias y demagogos que solo ambicionan el poder porque se saben débiles y cuando lo tienen sucumben a su propia debilidad, pues cuando llegan a él generalmente no lo ejercitan atendiendo al interés general, sino a los particulares de su ideología, de la que creen, como si fueran dioses, que es la panacea de los problemas de la sociedad, de ahí que su objetivo sea imponerla, actitud similar a la de los yihadistas sin llegar a su brutalidad. 

   Y habrá quien diga que no es ciego el que no ve sino el que no quiere ver. Yo llamo a eso cinismo social. Que tengáis unas felices vacaciones.

viernes, 6 de febrero de 2015

REFLEXIONES SOBRE LO BELLO Y LO FEO, LO MALO Y LO BUENO, LO DE AQUÍ Y LO DE ALLÁ




  Nuestra convivencia está asentada sobre la fraseología. Una frase, una simple frase o una palabra que resume una frase es capaz por sí sola de suscitar las más encendidas polémicas. A partir de una frase puede comenzar todo un movimiento que puede trastocar todas las teorías que sobre una determinada materia haya establecidas o la concepción  que se tenga  sobre una determinada creencia o sistema de creencias. Nuestra historia está llena de frases que en su día fueron la semilla para cuestionar toda una filosofía o desvirtuar un concepto, principio o credo. Hay frases que pueden cambiar una vida y frases que pueden cambiar una sociedad, esto lo saben muy bien y lo utilizan para su propio provecho,  quienes ostentan el poder y quienes aspirar a ostentarlo o detentarlo, los propagandistas de todo tipo, los publicistas y los vendedores de humo, los comunicadores sociales y los políticos de toda laya, los malos y los buenos, los necios y los listos, los  maliciosos y los bienintencionados. ¿Cómo cabe interpretar la frase “la religión es el opio del pueblo” que dijera Marx? ¿Bienintencionada o mal intencionada? Por cierto, hoy nadie la dice ni cree en ella –excepto los recalcitrantes, claro-, pero cambió el mundo, no precisamente para bien, pero si la comparamos con esta otra, que también lo cambió, seguramente tendremos más elementos de juicio para saberlo: “no mires la paja en  ojo ajeno sin ver la viga en el propio", que dijera Jesús, o esta otra que también dijo él: “quien esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Son frases que calan, llenas de sentido común y humanidad.  

  Esto es así, pero no es menos cierto que  todo es según el color del cristal con que se mira, lo que quiere decir que cada cual interpreta a su modo aquello que somete a su juicio, por tanto una frase puede ser interpretada de diversas maneras, incluidas las sesgadas y torticeras, sin que necesariamente nada tengan que ver con la significación que pretendió darle el autor, que a veces es intencionadamente equívoco.  Ante esta realidad cabe preguntarse ¿es bueno o es malo que esto sea así?  

   Uno podría zanjar el asunto respondiendo que no es bueno ni es malo, es sencillamente inevitable. Lo malo es que esto nos aclara poca cosa de la cuestión suscitada, por tanto creo que vale la pena embarcarse en la aventura de intentar responder de alguna forma.  Y digo de alguna forma porque elija la forma que elija siempre habrá quien esté de acuerdo y quien disienta absolutamente.

   Estos temas eminentemente polémicos siempre dejan en quien los aborda la duda de si habrá acertado en su exposición, sobre todo para que no sea  la causante del desacuerdo. De ahí que me sorprenda la cantidad de personas que hablan sobre ellos con la seguridad absoluta de quien tiene la verdad de su parte, y claro, no tengo más remedio que desconfiar de ellas y de lo que dicen.

   Pero volviendo a la pregunta lo primero que se me ocurre para responder a ella es hacer una nueva: “¿Es bueno o es malo que junto a lo bello exista lo feo?” Una pregunta, por otra parte, que se responde por sí misma, pues lo malo y lo bueno siempre han ido juntos, son inseparables, por tanto el sentido común nos dice que aunque no sea bueno debe de ser necesario. Esto no obsta para que, si nos dan a elegir entre algo bello y algo feo incuestionablemente elegimos lo bello, y que si analizamos por separado ambos conceptos la belleza ganará por goleada a la fealdad, siempre y cuando tengamos claro la calidad de una cosa y de otra.  Ahora bien,  si nos dan a elegir dos cosas igualmente bellas, pero distintas entre sí, la  elección ya no será tan clara, puesto que en ambos casos encontraremos razones para elegir cualquiera de las dos, ¿cuál, pues, elegir? En condiciones “normales” nos daría lo mismo elegir una que otra, pues son igualmente bellas, pero la naturaleza del hombre está mediatizada por su vida, por sus propias experiencias, y serán estas, no la belleza en sí,  las que inclinarán la balanza en uno u otro sentido, si tenemos esto claro también sabremos que no ha sido la calidad de más o menos bello el criterio que nos ha movido a elegir, sino nuestra propia subjetividad,  nuestra experiencia vital,  aunque sepamos que no es  la decisión más acertada. ¿Qué nos dice este ejemplo? Sencillamente que, independientemente de que lo bello sea deseable a lo feo, nos inclinamos por lo feo si lo bello lo encontramos detestable, por lo tanto a la hora de elegir no ha sido la razón la que nos ha llevado a hacerlo,  simplemente nos hemos dejado arrastrar por nuestras emociones. Un ejemplo: ¿Cómo se explica que aún existan partidarios del comunismo  si está más que demostrado que el comunismo ha sido uno de los mayores fiascos de la historia del hombre  que además ha causado el mayor sufrimiento, ha sido regido por auténticos asesinos en serie y no ha resuelto ninguno de los problemas  que pretendía resolver?  La misma pregunta cabe hacerse respecto de los independentistas catalanes en este momento, que saben que lo suyo es pura utopía y que la independencia de Cataluña no es viable, pero es que aunque lo fuera, no es deseable.  La cuestión solo puede responderse ponderando las pasiones humanas que llevan a elegir lo peor con tal de no admitir que “lo otro” es mejor. Entran en liza el odio, el falso orgullo, el resentimiento, la manipulación, el adoctrinamiento, el menosprecio, los intereses…  

   La lección que nos da esta realidad es que lo bello lo es por conocimiento y existencia de lo feo, de tal forma que para justificar su elección lo que hace es destacar y criticar lo feo de lo bello, puesto que lo feo no puede defenderse por sí mismo. Ejemplo: ¿cómo justifica el terrorismo su nefanda actividad? Lo hace recurriendo a agravios pasados, y si nos los hay los inventa, criminalizando a sus víctimas para presentarlas socialmente como odiosas y merecedoras de la muerte, mientras que reaccionan como áspides cuando la víctima es alguno de ellos. En el fondo saben que el fin nunca justifica los medios, por tanto tienen que justificarse presentándose como víctimas y a sus víctimas como repugnantes verdugos.  Pero el terrorismo no puede defenderse como un bien, ni siquiera como un mal necesario.

   ¿Es bueno o es malo que el hombre interprete subjetivamente la realidad? Es bueno en la medida en que acepte que su interpretación de la realidad no es universal, que la realidad puede interpretarse de diferentes maneras  y que lo que realmente importa es defender una realidad en la que la inmensa mayoría se sienta aceptablemente integrado y cómodo, no imponerla ni manipularla para conseguir que la realidad que él interpreta se imponga a la otra sin que sea mejor, solo porque no se encuentra cómodo en ella por las causas que sean. Es aquí donde entra en escena la fraseología y los eslóganes para confundir a los indecisos, a los débiles, a los que ignoran de qué va esto y alimentar a los propios. Pura propaganda, intoxicación y manipulación de masas, pues así como conocemos lo bello por la existencia de lo feo,  no está tan claro que sea necesario el mal para valorar el bien, es decir, que lo malo y lo bueno pueden confundirse para quien no tiene clara la diferencia si alguien es lo suficientemente hábil para presentar lo malo como bueno. Y viceversa.  Al fin y al cabo lo malo y lo bueno también se prestan a interpretaciones.

   Por tanto, existe un riesgo cierto de  que elijamos lo malo por creer que es bueno y rechacemos lo bueno por creer que es malo si no tenemos claro que el mal se enmascara para pasar por bueno.  Por tanto, no se puede confiar en quien solo señala el mal ajeno y se aprovecha de él para aparecer ente todos como el único que puede acabar con sus abusos, pues además de mentir como un bellaco, no le mueve el interés general, sino el suyo particular y de quienes están con él.  En esta sociedad y en este mundo y a estas alturas del partido, que alguien aparezca con monsergas salvadoras prometiendo lo que no está en condiciones de dar, es obsceno.


jueves, 3 de julio de 2014

CISNE NEGRO



   





 El miércoles día 2  vi la película “CISNE NEGRO”, en ella hace una interpretación magistral, inolvidable, estremecedora la actriz Natalie PORTMAN. 


   Debo decir que me impresionó, no solo la interpretación de  la protagonista, soberbia, sino el tema que desarrolla: el control mental para conseguir un determinado fin, algo que puede tener, y de hecho las tiene, trágicas consecuencias. 


   Os diré de qué va la película para aquellos  que aún no la hayan visto: 


   Natalie Portman interpreta a una bailarina de Ballet llamada Nina,  entregada por completo a su trabajo. De ella puede decirse que  va de su casa a los ensayos y de los ensayos a su casa. Vive con su madre, antigua bailarina, que la sobreprotege –una manera de control mental-  para que no deje de ser su “niña bonita”.  Todo va a cambiar cuando el director del ballet pretende representar una versión moderna del ballet “El lago de los cisnes” de Tchaikovski, que como sabéis cuenta la historia de una princesa dulce y virginal atrapada en el cuerpo de un cisne blanco,  del que solo puede escapar si es amada verdaderamente por un príncipe. El príncipe aparece y se enamora de ella, pero antes de  que le declare su amor, su gemelo, el cisne negro, lo seduce con sus malas artes y,  cuando la princesa que encarna el cisne blanco se entera, devastada, se lanza por un acantilado y muere, alcanzando así su forma humana. 


   Pues bien, el director quiere que Nina interprete ambos papeles, el de la dulzura virginal del cisne blanco, y el de la maliciosa  sensualidad del cisne negro. Pero los ensayos evidencian que, así como el papel del cisne blanco lo borda, el del cisne negro se le resiste, no consigue transmitir la fuerza sensual y maligna que requiere. Entonces el director busca a otra para que la sustituya, una treta para someterla a prueba –otra forma de control mental basada en el trauma que supone verse relegada- que desencadenará la tragedia, pues ella quiere el papel  a toda costa,  así se lo pide al director,   y este, que era precisamente eso lo que perseguía, se lo concede.  A partir de aquí ella se verá sumergida en una vorágine endemoniada que la conducirá  a la locura: por una parte ha de  enfrentarse a la manipulación de la madre, que pretende que su “niña” no deje de ser un cisne blanco, y a la del director, que trata, de manera unas veces brutal, otras sibilina,   que sea un cisne negro. Entre ambos conseguirán romperla induciendo en ella un desdoblamiento de personalidad que convierte la película en un film de terror psicológico a medida que ella se va pasando al lado oscuro de su personalidad. 


   La película pone en escena lo que a ese y a otros niveles sucede en la realidad, cual es el esfuerzo sobrehumano a que se ven abocados todo tipo de personas, pero sobre todos los artistas de cualquier género, cuando pretenden interpretar papeles que los sobrepasan o conseguir objetivos para los que no están preparados, intelectual o mentalmente, pues con frecuencia los conduce a la locura, rompe el frágil equilibrio de sus mentes conduciéndolos al suicidio tras pasar por un infierno de alcohol, drogas y desenfreno. ¿Y todo por qué? Porque en sus ansias por conseguir aquello que creen que los hará felices, o en su afán por deshacerse de aquello que los ata, o en la seguridad de poder realizar aquello que se han propuesto, exploran  caminos inciertos y pisan terrenos movedizos. 


   En la película, el director del ballet, somete a Nina a una presión mental brutal encaminada a conseguir que deje de ser como es y se desmelene, se “suelte”, para que pueda interpretar el papel cisne negro. No solo  lo consigue, sino que hace de él una interpretación espléndida, magnífica, arrebatadora, terrorífica: el director la ha convertido en otra.  Sin embargo  ese no es su papel, ella lo sabe, quiere y no quiere, se enfrenta a sí misma creyendo que se enfrenta a su rival, y cuando lo comprende, cuando comprueba que es ella, pero no es ella, hasta el punto de ser perfecta,  se suicida, única manera de ser como era. 


   A nivel cotidiano pensad en cuántos jóvenes, tratando de escapar del ambiente “cisne blanco” de su hogar, se han quitado la vida  tras haber sido manipulados por las mafias  de la droga, “las malas compañías”,  hasta conducirlos a la locura después de haberlos tratado como conejillos de indias para sus propios fines, jóvenes que, tras haber desempeñado un papel que no era el suyo, al darse cuenta de hasta dónde han llegado y de haber hecho lo que han hecho,  se dan cuenta, comprenden demasiado tarde,  que ese no es su verdadero papel, no soportan verse así, se sienten incapaces de volver a ser lo que eran,  y se suicidan. 


   Si no lloráis  es que no lo habéis sufrido en vuestras propias carnes.

domingo, 8 de diciembre de 2013

CORRER









Decía Virginia Wolf que escribir es como correr por el campo. 

Parece extraña esta comparación, pero correr y escribir tienen una extraña concordancia, correr por el campo aún más, pues en plena naturaleza puedes imaginar que estás corriendo por una ciudad fantástica o por un universo paralelo. 

    Tenemos el caso de la novela “La soledad del corredor de fondo”, que corriendo encuentra la forma de ridiculizar al poder, en este caso encarnado en el director de un reformatorio, donde transcurre la historia con este prometedor comienzo:  «Nada más llegar al reformatorio me hicieron corredor de fondo de campo a través. Supongo que los tíos pensaron que estaba hecho para ello porque era alto y delgado para mi edad (y todavía lo soy) y, de todos modos, no me importó demasiado, para decir la verdad, porque correr ha sido algo que en nuestra familia se ha hecho mucho, en especial correr para escapar de la policía». 

   Pero donde se pone de manifiesto lo lejos que el poder está de la realidad de sus gobernados es en este pasaje en el que el protagonista reflexiona mientras corre sobre la relación entre el director del reformatorio y él: « Soy un ser humano y tengo pensamientos y secretos y una maldita vida interior que él ni siquiera sabe que está ahí, y nunca lo sabrá porque es un estúpido. […] Él es un estúpido y yo no lo soy; porque yo soy capaz de ver dentro del alma de la gente de su clase, y él no ve una mierda en los de la mía».

   De manera que correr ayuda a pensar sobre nosotros mismos y la realidad que no rodea, las palabras acuden a nuestra mente y toman cuerpo para luego, en la intimidad de tu habitación, crear una historia. 

   La vida misma es una carrera, y si convenimos en que vida y literatura se confunden, correr es vivir y vivir es imaginar, y sin imaginación no hay literatura. 

   Ello nos lleva al poder de la palabra, que se esconde en los abismos de la mente o tras el recodo del camino por el que vas corriendo, esa palabra que tal vez nos libre de la locura disputándose el poder y la gloria. Sí, correr, correr, aunque sepamos que el final está en el mismo lugar del que partimos.