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viernes, 13 de septiembre de 2019

SOBRE DIOS










   Hoy voy a hablar de Dios. De Dios hay que hablar de vez en cuando, en cualquier momento, sin que venga a cuento, porque puede que de repente te ocurra algo que no  esperas, una desgracia, Dios no lo quiera,  y eleves tu pensamiento a Dios pidiendo su protección sin darte cuenta. 

   Que Dios no existe es algo que dice tener claro muchísima gente, tanto de izquierdas como de derechas -de izquierdas bastantes más-,  del centro y la periferia.

   Sin embargo, hay también muchísima gente de izquierdas, derechas,  centro y la periferia que dicen creer en él.

  Por tanto, lo que pone de manifiesto esta creencia es que por mucho que se esfuerce la ciencia en decirnos que Dios no existe, hay cosas que se le escapan a la ciencia. Es decir, no todo lo explica la ciencia, una afirmación que los propios científicos avalan. Aunque es verdad que científicamente nada sabemos de él, por eso es una creencia.  No obstante, cuando la ciencia explique qué es el Universo, cómo nació, qué lo causó y por qué, o lo que es lo mismo, qué hizo posible que surgiera, y veamos que surgió por generación espontánea, podrá decir si existe Dios o no. Mientras tanto, hay que seguir buscándolo porque lo de la generación espontánea no cuela. 

Todos estaréis de acuerdo conmigo en que Dios es un invento del hombre, un producto de su imaginación, de sus sueños, de sus necesidades y sus miedos. Un desesperado intento por darle sentido a la vida. Y buscándole sentido a la vida, ha reparado en que la materia ha llegado a tal punto de organización que ha adquirido conciencia de su existencia y se pregunta por sí misma. Y desde esa posición pensante, no solo inventa a Dios, sino que aspira a convertirse en dios y ser inmortal. ¿Cómo se explica esto?
     
   Si no hubiera sido por la imaginación del hombre todos los adelantos científicos y tecnológicos de los que disfrutamos hoy, que en su día se antojaban meras utopías cuando no quimeras, no existirían. Y si esto es así, y lo es ¿quién nos dice que no acabaremos por descubrir que Dios no solo existe en nuestra imaginación sino también en la realidad? 

  En ellos estamos. 

martes, 5 de diciembre de 2017

LIMPIAR







   Esta sociedad no acaba de darle a la educación la importancia que tiene en relación con la trascendencia de su buena aplicación. A mí se me ponen los pelos de punta de solo pensar en lo que nos estamos jugando de cara al futuro, futuro que está en manos de los jóvenes de hoy, de cuya educación va a depender lo que seamos o no seamos mañana, de lo que la humanidad sea o deje de ser, que si no es mejor que la actual hemos fracasado en toda regla, algo que no nos podemos permitir. Hasta que no cale en nosotros la idea de que de lo que hoy les enseñemos a nuestros hijos va a depender lo que seamos mañana la educación no será lo que debiera ser.  

   La educación es una de esas experiencias vitales que debiera estar presente en todas las facetas de la vida, que no solo debe estar dirigida a la obtención de conocimientos materiales, sino sobre todo al enriquecimiento en valores que nos permitan convivir desde la libertad y el respeto a los demás. De ahí la perversidad del adoctrinamiento, pues no tiene en cuenta el concepto fundamental de convivir y respetar. 

   Hay un concepto que conocemos todos que es el de «limpiar», que evidentemente se opone al de «ensuciar». Bueno, pues si les enseñáramos a nuestros niños que limpiar es una de esas tareas fundamentales de la vida de la que no podemos sustraernos, so pena que la mierda nos invada y nos esclavice, habremos dado el primer paso en el buen camino para una humanidad mejor.

  Sí, limpiar es básico para poder vivir, pero entendámonos, carecería de valor que limpiáramos  nuestra casa por fuera si no la limpiamos también por dentro, si al mismo tiempo que limpiamos nuestro cuerpo no limpiamos también nuestra mente, nuestra alma,  y la liberamos de adherencias indeseables.

  Una de las cosas que a mí particularmente más daño me hizo fue que me ocultaran aspectos básicos de la vida en mi niñez y en mi adolescencia, esos  que uno debe conocer para poder situarse y tomar partido y tener criterio para no ir por la vida dando bandazos. Porque crecer creyendo que hay buenos y malos, que los buenos son los tuyos, los de tu casa, tu calle, tu barrio, tu pueblo, tu ciudad, tu región, tu nación…, y que los demás son los malos es ensuciar el alma,  y una vez que se ensucia limpiarla cuesta, ya lo creo que cuesta. Porque al cabo, cuando creces, no solo en edad,  accedes a la verdad de las cosas y pierdes la inocencia, y aquellos que te dijeron que eran malos resulta que no lo eran, solo eran diferentes, y los que eran buenos, pues resulta que no eran tan buenos, no eran ni mejor ni peor que los demás, pero el trauma que te han creado quienes te educaron se queda, y si no quieres dejar de crecer  estás obligado a superarlo, es decir, a limpiarlo, pues al fin y al cabo crecer es eso, superar traumas, limpiar tu mente de escoria, pues los traumas generan odio, rencores, resentimientos, envidias, prejuicios… Y si no crecemos no solo comprometemos nuestro futuro, comprometemos el de la humanidad. 

   Entonces, si estamos de acuerdo en que la tarea del ser humano es limpiar ¿por qué se permite que haya quien educa ensuciando? ¿Por qué no se ponen de acuerdo todas las fuerzas y la comunidad educativa para arbitrar un sistema educativo que tenga como objetivo una educación libre de intoxicaciones ideológicas con la vista puesta en la consecución de una humanidad más justa, libre y limpia y creativa? ¿Y por qué no se ponen a disposición de esa idea todos los recursos necesarios para conseguirlo?


  Desde luego si otra humanidad es posible tiene que partir de esta premisa. 

martes, 4 de julio de 2017

LA ILUSIÓN

  




   La ilusión no goza de buena salud, el virus de internet la tiene postrada, muy pocos son los que creen en su recuperación, pues su enfermedad tiene difícil cura. 

   Sin embargo la ilusión permite alimentar  sueños y creer en utopías, sin ella todo se ennegrece y el oficio de vivir se torna tedioso además de cruel, cunde el desaliento que arruina  la voluntad y desaparecen los colores como en una fría, destemplada y oscura tarde de invierno. 

   Decidme, ¿hay algún político en el mundo que ilusione? ¿Alguna nueva idea capaz de hermanar a los hombres? ¿Algún concepto que cree jurisprudencia y acabe con la impostura? No, no lo hay, así que la única salida que nos queda es creer en nosotros mismos, sin esa fe estamos perdidos. Tener amigos es esencial, sin ellos la vida es oscura. Así que si hay un sentimiento por el que merece la pena vivir y luchar es el de la amistad. Sacrificarla por la ideas es una aberración, la amistad está por encima de todas las ideologías, y si es auténtica supera todas las crisis, lo único que no soporta es la traición. La amistad es vida, lo demás es selva. 

  

domingo, 9 de noviembre de 2014

ESPAÑA




   En el momento de emprender la aventura de hablar sobre España, antes incluso de haberlo pensado,  me  decía que todos los españoles que verdaderamente la sintamos deberíamos reflexionar, siquiera sean uno minutos,  sobre ella. No es que antes no lo haya hecho, España me ocupa y me preocupa. Sobre su historia se puede pensar desde muchos ángulos y distintas perspectivas, con el fin de someterla a mi propio juicio, no al juicio que me han trasmitido historiadores, escritores, políticos…, amigos y enemigos, interesados y desinteresados, informados y desinformados desde su verdad o su mentira. 

   Se me antoja que  todos tenemos de España, me temo, una imagen borrosa y distorsionada de la que, también me temo, no nos sentimos demasiado orgullosos. Y me pregunto si es real, y si es real, a qué se debe.  No la que tengan los de fuera, que ese es otro cantar. También me pregunto por qué la izquierda, es mi impresión, ha llevado sus aversión por todo lo que significa y representa la derecha a un desapego doloroso de España, como si  su aversión por aquella se reflejara en ésta. Lo cual no deja de ser irracional y preocupante. 

   La pregunta que me hago hoy, fuera aparte de lo que opinen otros  sobre el mismo asunto y otras consideraciones personales, es por qué España pinta tan poco en el concierto de las naciones avanzadas, por qué no está al mismo nivel de otras naciones de nuestro entorno, como Inglaterra y Francia, por ejemplo, presentes en tantos episodios y avatares de nuestra Historia. Y se la respete tan poco, a pesar de ser  la cuarta potencia de Europa, es decir, por qué no es más de lo que es si tuvo la oportunidad de haberlo sido antes que las mencionadas.  

    No voy a entrar en lo que han tenido que ver en ello otras naciones, como por ejemplo Gran Bretaña con su miserable leyenda negra que tanto daño nos ha hecho,  o Francia, con su menosprecio altanero, eso es normal entre potencias rivales, España era el enemigo a batir, de manera que todo el daño que pudieran hacernos hemos de considerarlo como algo “normal”. Nosotros también hicimos el nuestro.  Otra cosa es  lo mucho que han  tenido que ver en su debilidad y decadencia los Austrias y los Borbones, de una parte, y la Iglesia Católica y la nobleza, por otra. Pero también nosotros mismos, lo cual ya no es tan “normal”, pues es como tirar piedras sobre el propio tejado. De manera que se puede decir  sin temor a errar demasiado el tiro que nuestros enemigos no solo nos vienen de fuera, también los tenemos dentro. Esta verdad, estoy seguro, la podrá  corroborar cualquier español por su propia experiencia si ha tenido la fortuna o la desgracia de emprender iniciativas por cuenta y riesgo.  Yo me encuentro entre ellos.

Por tanto,  España es lo que con lo que han hecho de ella nuestros antepasados, y  no lo que ha podido llegar a ser a pesar de haber contado en su historia con hombres capaces y preparados para conseguirlo, pues nuestra experiencia histórica nos habla que  la envidia es su principal enemigo. Y, junto a ella, el orgullo, los dos pecados capitales que han marcado nuestra historia para nuestra desgracia.  Episodios como la traición de que fue objeto Viriato ya nos hablan con bastante claridad de la bajeza y mezquindad a la que puede conducirnos la envidia.   En España,  la grandeza  ha causado siempre recelo porque en ella ha gobernado la ignorancia, a la que incluso se ha ensalzado;  sin embargo,  la nobleza ha sido reverenciada con el resultado que todos sabemos. Detrás de esta inmoralidad está la envidia, pero también el servilismo  por necesidad.

   Si me detengo en el largo periodo de la Reconquista ya vemos los estragos que, entre los reyes castellanos, causó la envidia, luchando unos contra otros en lugar de unirse para combatir al invasor. Tal vez la figura  del Cid y todo lo que rodea su leyenda nos ilustre perfectamente sobre como la envidia destruye una figura señera de nuestra historia, pues  fue víctima de ella doblemente, como envidiado y como envidioso, que se resume en el famoso verso de su Poema: “¡Dios, qué buen vasallo  si hubiese buen señor!”  O de otro grande, como sin duda lo fue el Gran Capitán, que también fue víctima de su veneno, o  los Reyes Católicos, que se dejaron influenciar por una nobleza envidiosa, arrogante, iletrada y codiciosa, apoyada por una Iglesia Católica corrupta y falaz para expulsar a los judíos, que eran los que, con su saber, gestionaban la administración del Estado, sustituidos luego por los cristianos viejos de “sangre limpia”, ignorantes y zoquetes que no sabían hacer ni la o con un canuto.  A partir de ahí el declive de España estaba cantado, pues con semejante “funcionariado” era imposible administrar un Estado, el primero de Europa, que acababa de descubrir un nuevo mundo y que tuvo que enviar a analfabetos para colonizarlo. Era lo que había. Resistió la época de Carlos I por inercia, pero Felipe II, otro envidioso, que relegó a su hermanastro, Juan de Austria al ostracismo a pesar de haber vencido a la armada turca en Lepanto, nos procuró el desastre de la Invencible. No sabemos lo que hubiese pasado, pero para mí tengo que la suerte de la Armada Invencible habría sido otra de haberla comandado él. 

   A Fernando VII ni lo menciono, una vergüenza para España.  Claro que, antes que él y después de él, también los hubo que no supieron estar a la altura y sin embargo nadie discutió su autoridad como sí lo hizo la nobleza inglesa contra el Rey Juan sin Tierra, que se rebeló contra él obligándolo  a firmar La Carta Magna.  Mientras que aquí, nuestra “nobleza” y nuestro clero toleraron a un rey como Carlos II y a sus sucesores, todos ellos unos inútiles. Con el daño que le ha hecho la Iglesia a España  y sin embargo ninguno de nuestros reyes, incluidos los de la Reconquista,  fueron capaces  de plantarse e imitar a Enrique VIII de Inglaterra. No solo eso, sino que Carlos I arruinó a España combatiendo el protestantismo y su hijo Felipe II acabó de arruinarla del todo combatiendo el anglicanismo. Dos dislates históricos que, junto a la Guerra de los Treinta Años,  nos hundieron definitivamente.

   Figuras señeras de nuestra Historia fueron relegadas y perseguidas, cuando no asesinadas, por tener ideas y aportar sabiduría a la función pública o prestigio para España,  por suscitar la envidia entre quienes estaban cerca del poder o disponían de influencias para quitarlos de en medio. El más sonado fue el asesinato del General Prim, víctima de una conspiración como la que acabó con la vida de Juan Escobedo, Secretario personal de Juan de Austria, que podría muy bien habernos evitado la humillación de nuestra última Guerra Civil. Una indignidad, una cobardía, una afrenta a  España, pues hasta hace bien poco desconocíamos quién había perpetrado el ignominioso crimen y quiénes lo encubrieron y permitieron.  

   Por mencionar a un español destacado objeto de la envidia me referiré a Jovellanos, un eminente político demasiado brillante para la corte de Carlos IV, que se deshizo de él desterrándolo Asturias. Más tarde, cuando cayó Godoy,  fue nombrado Ministro de Gracia y Justicia, pero  la Iglesia lo enfiló por pretender disminuir la influencia de la Inquisición y tuvo que dimitir y volver a su Gijón natal. Más tarde, cuando Godoy volvió al poder, lo detuvo y lo encarceló acusado de haber introducido en España “El Contrato Social”, de Rousseau. Es solo un ejemplo, como otros muchos, de cómo tratamos en España a nuestros hombres ilustres. La puta envidia está siempre detrás de estos vergonzosos episodios que han marcado nuestro devenir histórico.

  Yo mismo la he experimentado en mis propias carnes, pues en España, cuando empiezas a destacar por propios méritos, te conviertes automáticamente en sospechoso para la gente mediocre.  Donde más se nota es en los pueblos, donde la envidia se manifiesta en toda su repugnante desnudez.  La falta de iniciativa en los pueblos como un elemento  esencial que explica en parte su despoblación,   no se debe a que carezcan de ella, se debe a que en ellos  cuando alguien  se emprende una actividad del tipo que sea,  económica, cultural, educativa…,   que sobresalga de la mediocridad reinante, se convierte automáticamente en sospechoso de esconder intereses  espurios,    lo cual crea un clima de frustración y desesperanza atroz que envenena la convivencia  y genera odio. ¿Quién quiere vivir en un ambiente en el que el  recelo y el odio presiden la convivencia? Los pueblos pequeños tienden todos a su desaparición porque en ellos cada cual va a lo suyo y nadie confía en nadie. 

   Es así, tal y cómo os lo cuento. Por desgracia para nosotros se admira más al que destaca económicamente, al que “se hace millonario”, que al que destaca por su inteligencia y bien hacer. ¡Cómo no va a haber corrupción!  A España la han hecho grande, no sus conquistas ni sus victorias, ni sus derrotas, ni sus reyes ni sus reinas, la han hecho grande la gente sencilla en contra, la mayoría da las veces, del poder, poniendo dinero de su propio bolsillo incluso para alcanzar sus sueños o poner en práctica sus ideas y planes. El caso más paradigmático que me viene ahora mismo a la memoria fue el de Ramón y Cajal, que cuando le concedieron el premio Nobel de medicina el gobierno preguntó quién era. 

   Sí, España me duele.  Yo también, como español, me duelo de ella. Aun así, daría mi vida por ella.
 
 

  

domingo, 29 de junio de 2014

TIEMPO Y VIDA







  



Buenos días. Hoy es domingo, ¿verdad? Lo cual quiere decir que ha pasado una semana y,  si uno lo piensa,  el tiempo, que pasa por ser nuestro más acendrado enemigo, que nos roba a diario sin que apenas nos demos cuenta y sin que podamos evitarlo, es algo contra lo que no se puede luchar. ¿O tal vez sí? Si es posible luchar contra el tiempo no sería cuestión baladí preguntarse cómo hacerlo, cómo defendernos de él, cómo “impedir” que nos expolie a su paso. 

   El tiempo es una cuestión que se han planteado, desde puntos de vista diferentes,  filósofos, religiosos, científicos, toda clase de pensadores  y hombres de la calle como yo, y como es natural cada cual se dado una respuesta diferente. 

   En filosofía, el primero en abordar con profundidad  tan espinosa cuestión fue Aristóteles, que lo relacionó con el movimiento, es decir, con lo que transcurre entre “antes” y “después”, o dicho de otro modo,  con lo que pasa ahora que se convierte en antes cuando ya ha pasado. Por tanto, si seguimos a Aristóteles, si no hubiera movimiento no habría tiempo, lo cual nos permite, entre otras cosas, medirlo, o sea, el tiempo que transcurre entre el principio de un suceso y su final.  

   En religión tenemos que referirnos en San Agustín, cuya concepción del tiempo nada tiene que ver con la de Aristóteles, pues lo desliga del movimiento y lo concibe como algo estrechamente ligado al alma. Así, para él el tiempo es algo que “físicamente” no existe, pues se concreta en un “ahora” que, al no poderse detener, no existe, ya es pasado, que tampoco existe puesto que ya pasó, pero tampoco el futuro, que es lo por venir, o lo que es lo mismo,  lo que esperamos. Por tanto si el pasado es lo que recordamos, el presente es lo que vivimos y el futuro es lo que esperamos, el tiempo es memoria, es experiencia y es esperanza. 

   En ciencia hay que referirse a Newton, que conceptúa el tiempo como algo absoluto, independiente por tanto del movimiento, algo que va fluyendo sin relación con nada externo a él y mientras fluye se desarrollan todos los acontecimientos y los cambios.  Lo cual no es cierto, como sabemos por Einstein y su famosa teoría de la relatividad, según la cual el tiempo se va “encogiendo” a medida que el movimiento se acerca a la velocidad de la luz hasta rebasarlo y entrar en el futuro.

   El tiempo, pues, ha suscitado y suscita interés en todos los ámbitos, y en todos ellos se  ha tratado de darle una explicación racional. Pero para mí, la noción del tiempo que más se acerca a nuestra naturaleza humana es la de Kant, que lo concibe como una experiencia personal propia, como algo que experimentamos nosotros mismos en relación con nosotros mismo, no con el exterior.  Es decir, en relación con nuestra vida. 

   Recuerdo que, en una ocasión, hablando con una amiga a la que saludé después de un año sin verla,  le comenté lo rápido que pasa el tiempo. Y era verdad, el año había pasado para mí en un “plis plas”, esa era mi impresión.  Muy seria, me respondió: “Entonces es que has sido feliz”, con un tono de melancolía que me dio que pensar.  Esta es la clave para impedir que el tiempo nos robe.  Si nuestra vida es un mero existir, un monótono discurrir de los días sin objetivos claros, sin amar y sin que te amen y sin esperar nada, el tiempo se te hace eterno porque tu vida se va con él sin haberla vivido. En cambio si uno se atreve a vivir, el tiempo vuela, no sientes su paso. Pasa igualmente, pero lo que importa es cómo tú lo sientas.  Me quedo, por tanto, con Kant, pues hizo posible lo que siempre se ha dicho de la filosofía: que ayuda a vivir.

  
  

miércoles, 1 de enero de 2014

UNA COSA SIN IMPORTANCIA







Suele ocurrir que, cuando algo puede concebirse de distintos modos, el asunto desborda la razón y la pasión se incorpora al debate.  Pasa con él amor, pasa con la política, con la verdad, con la vida…  

   Si reparamos en la vida observamos que cada cual tiene su propia concepción sobre ella. ¿Acaso no se ha dicho siempre que cada cual cuenta de la feria según le haya ido?  Con la vida viene a pasar más o menos lo mismo. Sin embargo ¿qué es en realidad la vida si la consideramos objetivamente sino aquello que debemos hacer?   Otra cosa será que lo hagamos, pero el que lo hagamos o no solo demuestra lo que somos, seres contradictorios debatiéndose permanentemente entre lo que es y lo que debe ser. Y así,  cada cual hace las cosas según su saber y entender y, en función de eso,  la vida será para él una cosa u otra. Y como somos como somos la vida es aquello que hacemos y debemos hacer.  La dualidad eterna. 

   El problema comienza cuando la vida se plantea como aquello que apetece hacer y se relega o se olvida lo que se debe hacer. Para muchos lo que les apetece hacer es precisamente lo que deben hacer, mas para otros muchos su apetencia los conduce a ninguna parte. A estos tarde o temprano la vida les pedirá cuentas.  ¿Quién no ha soñado con cambiar el mundo? Lo cual está bien en principio, pero ya sabemos por experiencia en qué acaban tales aventuras, sin embargo se olvida más de lo debido que el mundo lo cambiamos entre todos haciendo lo que debemos, y que si no fuera así el mundo cambiaría, sí, pero a peor.  

   Digo aquí, y creo no equivocarme, que el mundo se cambia en el día a día,  teniendo  en cuenta las cosas que debemos hacer antes de hacer las que queremos. Si la vida posee un perfil dramático es precisamente este: que hacemos cosas que no debemos hacer y olvidamos o relegamos las que debemos hacer. Somos egoístas, no podemos remediarlo, y nos mentimos a nosotros mismos. 

   Cosa distinta es cuando  no te dejan hacerlas. Ahí ya entramos en un terreno en el que se pone en juego incluso la propia vida, pues la única salida es vencer a quien o a aquello que te impide hacerlas. O pactar. O vengarte. O resignarte.  En cualquier caso, un drama, pues muchas veces contra quien tienes que luchar es contra ti mismo, y sea cual sea el resultado, pierdes. Por eso es tan importante saber perder.  Pactar es lo sensato en estos casos, pero no siempre es posible. Lo peor sería que fueran siempre los demás los culpables de tus fracasos y tú la víctima,  pues la salida es el odio, a los demás o a ti mismo.  O a ambos.  Lo cual te lleva al camino de no hacer lo que debes. Y el drama. 

   Sí, tal vez lleven razón quienes definen la vida como un drama, unos como actores, otros como espectadores, actores que mañana pueden ser espectadores y viceversa…  Y todo porque queremos hacer cosas «importantes» y no sabemos apreciar lo importantes que son las cosas «sin importancia».  

   Hoy comienza un nuevo año. Ojalá comencemos a valorar las cosas sin importancia, entonces la vida sería eso: una cosa sin importancia muy importante.


martes, 24 de septiembre de 2013

COSAS QUE ME PASAN



   



 En ocasiones hay que tomar decisiones dolorosas que, además, pueden prestarse a la polémica porque puede que no sean bien comprendidas. Sobre todo si le decisión a tomar implica reproche a terceros. Lo cual la hace más dolorosa aún.  

   Pero esto es lo habitual en la vida, cada quien tiene su propia concepción de las cosas, por tanto, cada cual las juzga a su manera, y si las razones que dan para justificar su decisión están arropadas por la objetividad, es decir, están respaldadas por hechos, que no por suposiciones, aunque implique reproche para alguien debe tomarse. 

   Es lo que he hecho. He tomado una decisión dolorosa para mí que no ha sido bien comprendida por mis compañeros/as del grupo. Pero ha ocurrido algo curioso: que quienes han intentado disuadirme de que no me vaya y se han esforzado por comprenderme han sido mis compañeras; para mis compañeros, indiferencia total.  En honor a la verdad he de decir que ha habido uno, al que ni siquiera conozco, que ha respondido como cabe esperar en estos casos.  Lo cual es de agradecer. 

   Supongo que su actitud obedece a que esta es la segunda vez que digo que me voy pero no me voy,  así que ni se han molestado en dedicarme unas palabras, tal vez porque no tenían nada bueno que decirme, y ya se sabe, cuando no tengas nada bueno que decir de alguien, no digas nada. Lo cual también es de agradecer. 

   De cualquier forma, mi problema es que yo no quería irme, pero ya no podía quedarme, a menos que hubiera cerrado los ojos a la realidad y pensar que todo el mundo es bueno  y yo  un mal pensado. Y no es el caso. 

  Uno puede estar un tiempo participando de algo con otros con gusto, pero al cabo se da cuenta de que la actividad que desarrolla el grupo puede optimizarse, y por su bien  propone lo que puede conseguirlo. Sin embargo, la mayoría del grupo se opone a que se introduzcan los cambios propuestos. Su rechazo estaría justificado si se dan argumentos que evidencien que los mismos son contraproducentes o no van a suponer una mejora sustancial de la actividad, pero tales argumentos no se dan. Se prefiere mantener la actividad sin cambios a sabiendas de que perjudica a los propios componentes del grupo, aunque no a todos, y a la propia actividad. Y por ahí no paso. 

   Y eso es todo.   Son cosas que pasan en la vida sin que la vida se pare, al contrario, sigue sin ti. Así que viene a cuento decir: “A otra cosa, mariposa.”