Las sábanas siempre han sido blancas, pero desde
que Newton descompuso la luz se vistieron de color para alegrar los lechos. El color incita, y en
la vida si no provocas no saboreas. La blanca palidez de la nieve, sábana
extendida sobre el prado, lo es todo, su luz blanca deslumbra, mas no provoca. El rojo, en cambio, es su paradigma. El rojo está en las rosas y en las
amapolas, en las fresas y en las cerezas, y en algunas aves, pero es excepcional en la naturaleza, tal vez
por eso atrae tanto. Y provoca. Y
sugiere. Y tienta. Sin embargo no tiene la poesía del blanco de los almendros en flor. “Ponle color a tus sueños”, y la inmaculada sencillez del
blanco colapsó. ¿Dónde estarán las sábanas de holanda, nobleza finura que el
poeta ensalzó?: Compadre,
quiero morir decentemente en mi cama. De acero, si puede ser, con las sábanas
de holanda… Por
decenas se cuentan las clases de sábanas, de colores y de seda, de lino y de
satén, pero ¿qué poeta las canta? ¡Ay, cuándo las sábanas eran poesía y eran
blancas!
jueves, 16 de mayo de 2013
domingo, 12 de mayo de 2013
EL CAMINO ERES TÚ
Las cosas pueden cambiar de dos maneras:
súbitamente o de manera lenta. Para que algo cambie de pronto, de la noche a la
mañana o en poco tiempo, es necesaria una revolución, que normalmente suele ser
cruenta (adelanto que yo solo soy partidario de las revoluciones en el campo de
la ciencia y de la medicina), pues las otras revoluciones, con el tiempo,
vuelven al punto de partida. Sin
embargo, los cambios lentos son los que
perduran porque se producen con el
pensamiento, van calando poco a poco en
el ánimo, en nuestro ánimo y, apenas sin darnos cuenta, nuestra manera de pensar cambia; hemos recorrido un camino que nos ha ido
cambiando paulatinamente, poco a poco, hasta convertirnos en el propio camino
recorrido. Convertirse en camino a
medida que lo recorremos quiere decir que para llegar a la meta sin desviarse
por otros caminos el camino has de ser
tú. Esto tiene tanto de ciencia como de poesía. No anda, pues, descaminada mi
amiga Carmen Fabre cuando dice que la ciencia es la poesía de la realidad. ¿Curioso,
no? La realidad es la ciencia, la poesía, el camino. Ya lo dijo Machado, el
camino se hace al andar, y andar es pensar, pensar es discurrir y discurrir nos
lleva a descubrir la realidad. Poesía,
la auténtica revolución.
martes, 7 de mayo de 2013
ME DEJÓ SU SONRISA EN PALABRAS
Yo no sabía que las palabras sabían, que
incluso olían y tenían colores. Hasta que apareció él. Yo lo ignoraba todo de
las palabras, jamás se me hubiera ocurrido preguntarme por el sabor que tienen palabras como “te
quiero”, “te odio”, “bésame, “espérame”, “no te vayas”..., o a qué olían, o qué color tenían, o si olían lo
mismo desnudas que vestidas, si sabían mejor susurrándolas, entonándolas al
viento, cantándolas bajo la lluvia, en la incierta intimidad de un portal, bajo
un cielo estrellado, en la tibia humedad de una playa, junto al río..., o
gritándolas o exclamándolas. Hasta que apareció él y me pobló de palabras, me
dijo tantas cosas que empecé a soñar que era como la palabra.
Sin embargo primero fue el sabor
de sus palabras, su colorido, su sonido el que despertó en mí el amor a las palabras, en ellas y por ellas
experimenté las sensaciones más desconocidas
y deslumbrantes, más encendidas y apasionadas, y es
que... a canela me sabían sus palabras. Él me enseñó que hay palabras amargas y
dulces, saladas, sosas y sin gracia, insípidas y desabridas, tontas e inoportunas, feas
y desafortunadas, pero sabiendo decirlas cuando hay que decirlas las palabras
son solo palabras, que te encienden, te apagan, te elevan, te traen, te llevan,
te dicen, te callan…, y así, poco a
poco, paso a paso, él abrió mi alma al aroma
que se desprendía del sabor a canela que tenían sus palabras.
Me enseñó a ver el color de las palabras –si sólo tuvieran sabor no serían palabras, me
dijo- porque las palabras nacen de la complejidad del alma humana y en ella se
guardan todos los sabores, todos los olores y todos los colores, todas las
sensaciones y las pasiones, y los sueños que guardan como un tesoro en sus
entrañas -. Hay palabras rojas de ira o de pasión, de peligro o de fuego, de
deseo o de furor, verdes de envidia o de
discordia, de codicia o de avaricia, negras
de odio o rencor, pálidas de asombro, amarillas
de cobardía o de de celos o de envidia.., pero esos mismos colores pueden
abrazar a palabras como amor o alegría, amistad o vigor, voluntad o fuerza, y luz y mañana… Hay
palabras luminosas como el día, brillantes como las estrellas, misteriosas
como la noche, y las hay descoloridas y
oscuras, sombrías y tenebrosas. Pero
entre todos los sabores y olores de las palabras, me quedo con
el sabor a canela de las suyas.
Abrió mi mente al valor de las palabras, sí, palabras que necesitan de
ese ingrediente para pronunciarlas, porque hieren, porque inquietan, porque amargan, porque son ácidas, y cuando aciertan, turban, cuando
saltan, admiran, y cuando son dulces, conquistan, cuando son saladas, calan, conmueven si son
tiernas y, con su aroma, enganchan. Al tacto son suaves o ásperas, de esparto o
de seda, al gusto saben a gloria, a delicias de oriente, pero también las hay agrias, picantes o neutras, sin color ni gracia. ¡Pero ah, el aroma de las palabras! Las palabras huelen a campo, a flores abiertas, a romero, a pan recién hecho, a
hierbabuena, a mujer enamorada, a tierra húmeda, a brisa, a mañana..., pero sobre todo siempre recordaré el sabor a canela de
sus palabras.
-¡Ah, si no hubiera
palabras! Me estremezco al
pensarlo. Si no hubiera palabras no
habría cielo ni tierra ni agua ni fuego ni luz ni aire, ni sol ni luna ni
estrellas..., no habría nada, no habría amor, y sin amor no hay palabras, no habría universo, no habría creador. Yo no
estaría si no hubiera palabras.
Cuando me habló me dejó su sonrisa en palabras, y su aroma, y su sabor y
su pasión por la palabra. Me contó que
él, de pequeño, ya me quería sin saber nada de mi. Me dijo que había soñado con
las palabras y que yo las contenía todas.
-¿Se puede soñar con palabras? –le pregunté con extrañeza.
-Yo lo he hecho –respondió.
-¿Y qué soñabas?
-Soñaba contigo y con mi mañana.
-¿Conmigo?
-Sí, contigo, con mi palabra.
-¿Soy yo una palabra?
-Tú eres la palabra.
Me ruboricé. Si yo en realidad
era muy poca cosa, tan sólo una palabra desconocida perdida entre tantas. Pero,
¡ay!, me dejó su sonrisa en palabras, y su jadeo, su jadear de palabras. Fue entonces
cuando, al influjo de su sueño, me transformé en lo que él había soñado. ¡En
pura palabra!
Comenzó titubeante a contarme cosas, ¡qué cosas me contaba! Una veces reía, otras lloraba, ora me
inspiraba pena, ora me hacía pensar, me admiraba…; luego imbuía en mí la
inquietud, la fantasía, la intriga, el miedo, la congoja, el dolor..., y el
sufrir de no encontrar y la sorpresa de
hallar y las palpitaciones y el estremecimiento de vivir. Ahora palabras tiernas, después palabras
duras, sencillas, soñadoras, procaces, sarcásticas..., más adelante, raras,
desconocidas, bellas, irónicas, divinas palabras. Me contó mi propia historia forjada por él de
palabras, palabras que aún me saben a la canela de su aliento de palabras.
-Cuando acabó de contarme su historia, que era ya la mía, le pregunté que
cuál era el nombre de mi palabra:
--Poesía –me dijo cuando me preñó
de palabras.
Palabras repletas de sabores, de aromas, de colores, de sonidos, de
sueños, de fantasías, de amores..., pero sobre todo me colmó de atenciones,
jadeos y suspiros, y me dejó un sabor, el sabor de quien soñó con hacerme palabra.
¿QUÉ ESTÁ PASANDO?
Repasando algunos escritos míos me he topado con el que reproduzco a continuación y que escribí en 2007. Lo traigo aquí porque sigue estando de rabiosa actualidad y puede explicar algunas de las cosas que han pasado y están pasado. Es el siguiente:
No acabo de entender muy bien por qué, de pronto, la figura del Rey es
objeto de los ataques de grupos minoritarios de nuestra sociedad que, pese a
serlo, han logrado un gran despliegue informativo a nivel nacional y un amplio alcance
en el ámbito internacional. Los independentistas de Ezquerra, de los cuales la
sociedad catalana no debe sentirse muy orgullosa –no digamos la del resto de
España- quemando fotografías del rey como si éste fuera un tirano que ha
cercenado sus libertades y sus derechos fundamentales, cuando en realidad
Cataluña jamás ha gozado de una mayor capacidad de autogobierno y de autonomía
política, cultural, económica y lingüística. De otra, el nacionalismo vasco
que, a través de Iñaki Anasagasti, se ha despachado a sus anchas hablando pestes de la familia real cuando ha
sido con la Monarquía
con quien el País Vasco han obtenido la más alta cota de autonomía política,
social, económica y cultural de toda la historia.; y por último, y aún más
chocante, esa derecha extrema que representa Federico Jiménez Losantos, desde la COPE, pidiéndole al rey que
abdique en su hijo. ¿Qué mal le habrá hecho el rey a esta gente? Y ahora, para
echar más leña al fuego, el anuncio de Ibarretxe de convocar un referéndum
independentista cuando las elecciones están a la vuelta de la esquina y el
Tribunal Constitucional está a punto de pronunciarse sobre el Estatut. ¿Qué está pasando? ¿Qué se persigue tratando
de desgastar a la Monarquía?
¿Existen razones objetivas, independientemente de las políticas, siempre
interesadas, para atacar “ahora” la
figura del Rey? ¿No estamos todos de acuerdo en que el periodo monárquico que
arrancó en la transición ha sido, y es, el más próspero y esperanzador de
nuestra historia, el que más justicia social ha generado, el que ha otorgado la
mayor participación política al pueblo y el mayor protagonismo político a la
clase política, el que ha creado la
España de las autonomías, el que ha reconciliado entre sí a
todos los españoles, el que ha hecho de España una nación respetable y
respetada…? Entonces, ¿qué está pasando? Porque si se tiene todo esto y se
ataca a quien lo ha hecho posible, ¿qué interés se persigue, qué trozo de
pastel hay por repartir del que no han participado los responsables de esta
extraña campaña contra el rey?
Busco en la memoria y encuentro lo que el periodista Jesús Cacho
escribiera en el diario “El Mundo” hace dos años bajo el título
LOS “PARACAIDISTAS AZULES” Y EL FRACASO
DE LA TRANSICIÓN
Bajo este epígrafe correlativo el periodista del diario “El Mundo”. Jesús Cacho, escribió un artículo fechado el día 30 de Octubre de 2005
en el citado diario, en el que aseguraba que la Transición
Política fue un fiasco, señalando al Rey como el responsable
principal del mismo.
Aseguraba el autor que cuando el Rey le preguntó a Gil Robles que “a quién creía
él que debería encargar la tarea de enterrar la dictadura y alumbrar la
democracia”, le respondió que debía
ser alguien “que no hubiera tenido nada
que ver con el régimen” y tuviera además un pedigrí democrático
impecable. “Y mucho cuidado con los paracaidistas azules”, le advirtió.
Pero el Rey, en lugar de seguir su consejo, despidió a Arias Navarro y
se encomendó a un “paracaidista azul” al nombrar Presidente del Gobierno a Adolfo Suárez, quien fuera Secretario
General del Movimiento con Franco. Y
después se echó a dormir.
De la mano de esta introducción, el
periodista de “El Mundo” trata de
convencer al lector de que la
Transición fue un fracaso colectivo, “una salida amañada del
franquismo”.
Para Cacho, la autoridad moral y política de la España de 1975 era el
entonces Príncipe, coronado Rey en 1976, quien desoyendo a Gil Robles, puso el
futuro de España en manos de un “paracaidista
azul” y él se dedicó a enriquecerse, “a hacer dinero”, rodeándose de
personajes tan poco recomendables como Manolo
Prado y Colón de Carvajal, agregándose más tarde De la Rosa,
Mario Conde, Emilio Ybarra, Polanco y, después, Emilio Botín. Es decir, se
rodeó de ricos que además eran madrileños.
De este “selecto” grupo nace una clase de trepadores que conforman el madrileñeo, núcleo de corrupción. Tanto Adolfo Suárez, primero, como Felipe
González, después, miran para otro lado.
Resultado: el corazón del Estado se plaga de las termitas de la
corrupción en lugar de haber emergido como faro guía para las periferias sobre
la base de “un proyecto colectivo de país en el que la creación de riqueza, la
investigación, la cultura y el trabajo honesto” fuera su luz. Aquí radica –afirma el autor- el fracaso del
proyecto de España nacido de la llamada transición “democrática”.
Y ahora nos encontramos con que, las élites regionales, olvidadas y
marginadas del “madrileñeo”, piden participar del festín, de modo que “la corrupción se ha extendido
cual mancha de aceite de arriba abajo”.
La responsabilidad de que esto sea así –estima el periodista- es de
quienes siguen compartiendo el entorno real “sin la honestidad suficiente para
decir la verdad”.
Y para que la rueda siga girando afirma,
las dos instancias que distinguen a una democracia –Justicia y medios de
comunicación- están maniatadas (la Juez
Teresa Palacios tuvo una cena con el ministro Acebes,
entonces Ministro del Interior, a quien Aznar encargó que la convenciera para
que dejara de molestar a Botín. Y el Juez Gómez de Liaño fue retirado de la
carrera judicial por procesar a Polanco).
Concluye diciendo que el problema ya no es
el Rey, al contrario, el Rey debe ser la piedra angular sobre la que se asiente
la unidad nacional; el problema es que
para que el “madrileñeo” haya podido hacer su negocio, ha sido necesario
aparcar los cambios que nuestra democracia necesita de manera urgente, pues
está postrada.
No hay clase política –sostenía Jesús Cacho-, a la política sólo se
dedican los que no pueden prosperar en la empresa privada o en las profesiones
liberales. El mayor ejemplo es el del
Presidente Rodríguez Zapatero, que a duras penas habría
llegado a jefe de negociado, y de los diputados, cuyas habilidades nadie conoce,
nombrados al amparo de las listas cerradas.
A nadie parece importarle la paupérrima calidad de nuestra democracia
–se lamentaba el periodista para finalizar-, ni hacer un país más habitable,
rico, libre, abierto y menos corrupto.
¿Tendrá esto que ver con lo que está pasando o será la excusa para que
cada cual barra para su casa?
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