Ayer se celebró nuestra Fiesta Nacional, el
día de la Hispanidad, un día que debiera servir para olvidar disensiones y
rencillas y salir todos a la calle a celebrarlo. Desgraciadamente no es así. No
solo no es así, sino que está muy lejos de que pueda serlo. La sensación es que sentimos
vergüenza, como si nos acomplejara nuestra historia, nuestro pasado.
La verdad es que nuestra Historia no es una historia como para
tirar cohetes, pero tampoco para avergonzarnos. Es una historia como la de
tantos otros países, llena de luces y de sombras. Lo que pasa es que fuimos grandes sin
saberlo y no supimos responder al reto que conlleva serlo, nos atacaron desde todos lados impunemente y no
supimos contrarrestar los dardos de la envidia y la maldad, de la que la
Leyenda Negra fue, y aún sigue siendo, la punta de lanza.
Incluso nosotros mismos nos flagelamos por lo
que hicimos. Sí, descubrir un nuevo continente, no porque lo buscásemos –que si
así hubiera así otro gallo nos cantaría-, sino porque estaba ahí y nos topamos con él.
De cualquier forma un hecho trascendental que muchos trataron de convertir en
mera anécdota y destacar sobre todo lo negativo de su hallazgo.
Si hay algo de vergonzoso en nuestra
historia es nuestra debilidad, producto de una clase dominante corrupta, mezquina, egoísta, cerril, ignorante, inmovilista y sin visión de futuro que condujo a España a la
ruina. Y esto marca, ya lo creo que
marca. Por lo demás, todas las naciones tienen de qué avergonzarse, todas,
desde la más grande a la más chica, la diferencia es que ellas sacan pecho y justifican sus vergüenzas y
nosotros agachamos la cabeza. De este nuestro
complejo se aprovechan y explotan los que desean una España rota e irrelevante
que falsean la historia como forma de alimentar sus sueños rupturistas, pues ni siquiera entre nosotros existe
la unión necesaria para decirles, en un mensaje claro e inequívoco, que están equivocados y que por encima de sus delirios está el Derecho, la razón y la Historia. La derecha, por
complejo; la izquierda, por marcar diferencias.
¿Qué nos queda de aquel trascendental hecho
que cambió la historia y el rumbo de la humanidad cuyo mérito se nos niega? Al menos una realidad que nadie puede negar: nuestra
lengua, la lengua de Cervantes, esa que hoy hablamos casi quinientos millones
de personas en el mundo y que algunos, conscientes de que es una de las pocas
cosas que nos unen, sueñan con relegar a la mínima expresión. De alguna forma lo
han conseguido, pues han logrado que lo “español” ahora sea “castellano” y lo castellano despreciable. Quieren robarnos hasta el nombre.
Mezquindades.
Pues celebremos eso, celebremos que tenemos
una lengua universal gracias aquel fortuito, pero gran hecho, que cambió la
historia del mundo y divulgó por él nuestra grandeza y nuestra miseria. Los grandes hallazgos, casi todos, han sido producto del azar. Aprendamos de la historia y de nuestros errores para no repetirlos.
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