domingo, 24 de julio de 2016

YO MISMAMENTE (III)

   




   Comprenderéis mi estupor cuando tuve plena consciencia de lo que supone actuar así, postergando lo cercano, lo que de verdad importa, la familia y los amigos,  por una causa incierta, que revela una falta de amor tremenda, pues habiendo amor nadie se abandona a sí mismo ni a los suyos. Y vosotros lo hacéis, sois volubles, inconstantes e infantiles, menospreciáis lo que tenéis por humo, y es que habéis asumido de tal modo la mentira como algo inevitable que no sólo la habéis convertido en un arma imprescindible en vuestras vidas, sino que la empleáis para justificar lo injustificable y desacreditar a la verdad, aun a sabiendas del daño que con ello os causáis,  pues el daño que se causa antes o después se acaba pagando, lo sabéis, sin embargo lo causáis, así de estúpidos sois. Es como si dijerais «después de nosotros, el Diluvio». Una insensatez que os pasará factura, a nivel personal y colectivo.

   Vuestra historia es patética. Para defender a los más débiles de los abusos de los más fuertes y paliar en parte la injusticia que ello supone  establecisteis la democracia, el imperio de la ley, pues os disteis cuenta de que entregar el poder a un solo hombre no compensa el sacrificio de renunciar a vuestros derechos a cambio de seguridad, pues el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente, algo que siempre se cumple porque la mentira os hace débiles y sucumbís a la tentación de ser lo que soñáis ser sin daros cuenta de que conseguís justo lo contrario, pues si acaso conseguís ser lo que alguna vez soñasteis lo hacéis  a costa de otros, a costa de llenar de cadáveres vuestro curriculum.

   Llegados a este punto comprendisteis que el poder necesita ser controlado, pues propendéis al abuso al que os conduce vuestro egoísmo y vuestra desmedida ambición, por tanto,  el poderoso siempre tiende a identificar su propio bien con el bien general, de manera que sobre tal premisa abusa de su poder,  hecho que por sí mismo es contrario a cualquier pacto, pues en un régimen de poder absoluto nadie puede estar seguro, pues a la falta de libertad y de seguridad se unen la ausencia de derechos, ni siquiera a reclamar comida. Y así no se puede vivir. Pues así habéis vivido siglos bajo la falsa creencia de que vuestro poder era de origen ¡divino!,  lo cual justificaba todos vuestros abusos, pues si el poder lo otorga Dios las leyes que provienen del poder han de ser necesariamente justas, una mentira monstruosa que habéis creído a pies juntillas  que ha costado millones de vidas y condenado a millones de seres a una vida miserable. Y no caíais en la cuenta de que no se puede vivir sin seguridad y sin libertad y sin derechos, que vuestra manera de ejercer el poder era profundamente injusta, contraria por tanto a la misma esencia del Ser del que creíais recibirlo, y no lo visteis a pesar de que hay que estar ciegos para no verlo. Y lo estabais, tan ciegos estabais que no previsteis que antes o después, lo que no quisisteis dar de buen grado os lo quitarían por la fuerza, y como no lo visteis le abristeis la puerta a la revolución, os negasteis a abriros a la realidad de que una sociedad no puede construirse sobre la base de la injusticia, pues injusticia era que una clase social lo tuviera todo y la otra nada, y todo vuestro poder de origen divino se derrumbó como un castillo de naipes,  con lo cual pusisteis de manifestó una vez más vuestra estupidez y establecisteis ya para siempre una ecuación irrefutable: que el poder absoluto solo deja de serlo si se le derriba violentamente, que es como decir que la estupidez solo se combate con más estupidez, o lo que es lo mismo, que la única manera que habéis encontrado de acabar con las consecuencias de vuestra  estupidez  es con más estupidez, y así establecisteis  otro precedente de lo más peligroso, pues las revoluciones no solo devoran a sus mejores hijos y dejan tras de sí un reguero de muerte y odio, sino que al final acaban en nada o se convierten en lo contrario de lo que perseguían, solo cambian las formas,  constatándose con ello que poneros de acuerdo para gobernaros es tarea imposible. 

   Y así seguís,  ya bajo  la bandera de la libertad, la igualdad y la fraternidad, pero  la injusticia sigue ahí, más oculta, pero sigue, podéis declarar  que todos los hombres son iguales, pero eso, aparte de ser otra mentira, no acaba con ella, declaración que, por cierto, dejó fuera a las mujeres, otra muestra más de vuestra estulticia. Sí,  supisteis vender muy bien la idea de que solo puede haber justicia si hay igualdad mientras los abusos del poder continuaban. Es decir, habéis llegado a depender de tal modo de la mentira que no sólo mentís de la forma más descarada, sino que ¡os creéis vuestras propias mentiras! Es vuestra forma de resistir, no habéis encontrado otra. Bueno, sí, la religión, otra de vuestras mentiras para sobrellevar vuestra inconsistencia como humanos.  

   Lo de las religiones es como para echarse a llorar, que es lo que, en coherencia con todo el mal  que han provocado, os correspondería hacer. Sin embargo lo tenéis asumido porque sabéis que si no hubieran sido las religiones lo hubieran provocado otras creencias, por ejemplo las ideologías. Cuesta creer que vuestras tres principales religiones monoteístas, que en esencia vienen a coincidir en lo principal, el amor, hayan provocado tantos millones de muertos y tanto sufrimiento. Cuesta creer que una de ellas, el Islam, emprendiera una «guerra santa» contra los infieles para cumplir la voluntad de su dios sembrando la destrucción y la muerte por doquier, y en ello siguen a pesar de todo lo que ha llovido. No le anda a la zaga el Cristianismo, que organizó cuatro cruzadas para conquistar lo que ellos llaman  los Santos Lugares porque su dios, por medio del Papa y atendiendo a su propio interés, demandó   que estuvieran en manos cristianas, no sarracenas, contribuyendo con ello a fomentar un odio atroz entre los creyentes de una y otra religión que se extendió por todo Oriente y Occidente.

   Y qué decir del judaísmo, que entregó a Roma para que lo ejecutara al único hombre justo que dio la cara por la verdad y predicó el amor entre los hombres, pero no le perdonaron que les sacara los colores por su hipocresía, por predicar una cosa y practicar la contraria, pues ellos se consideran el pueblo elegido y nadie está por encima de ellos, soberbia que les impidió universalizarse e imaginar las consecuencias de aquella infame crucifixión que tanto sufrimiento ha causado a la humanidad y sigue causando.  Otra torpeza que ellos han pagado muy caro, y siguen pagando, pero también lo está pagando el mundo, lo que demuestra hasta qué punto el despropósito de unos acaba afectando a todos.  

   Y no aprendisteis nada, pues en lugar de exportar  vuestra revolución y vuestros valores al resto del mundo para acabar con la injusticia hicisteis todo lo contrario, pues movidos por vuestra codicia os lanzasteis a colonizar  tierras, a explotarlas, a esquilmarlas, como siempre sin medir las consecuencias de vuestra insensatez, pues hicisteis un daño irreparable que aún estáis pagando y se lo hicisteis  pagar  al mundo entero, pues ni siquiera os supisteis poner de acuerdo en cómo  repartiros el pastel, lo cual os abocó a una Guerra calamitosa, vuestra Primera Gran Guerra,  que causó un sufrimiento incalculable y  se llevó por delante a diez millones de soldados y a veinte millones de civiles. Varias generaciones desaparecidas de la faz de la tierra debido a vuestra estupidez y a vuestras mentiras.  Como vosotros mismos decís ante una barbaridad,  ¡¡manda huevos!!






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