domingo, 9 de noviembre de 2014

ESPAÑA




   En el momento de emprender la aventura de hablar sobre España, antes incluso de haberlo pensado,  me  decía que todos los españoles que verdaderamente la sintamos deberíamos reflexionar, siquiera sean uno minutos,  sobre ella. No es que antes no lo haya hecho, España me ocupa y me preocupa. Sobre su historia se puede pensar desde muchos ángulos y distintas perspectivas, con el fin de someterla a mi propio juicio, no al juicio que me han trasmitido historiadores, escritores, políticos…, amigos y enemigos, interesados y desinteresados, informados y desinformados desde su verdad o su mentira. 

   Se me antoja que  todos tenemos de España, me temo, una imagen borrosa y distorsionada de la que, también me temo, no nos sentimos demasiado orgullosos. Y me pregunto si es real, y si es real, a qué se debe.  No la que tengan los de fuera, que ese es otro cantar. También me pregunto por qué la izquierda, es mi impresión, ha llevado sus aversión por todo lo que significa y representa la derecha a un desapego doloroso de España, como si  su aversión por aquella se reflejara en ésta. Lo cual no deja de ser irracional y preocupante. 

   La pregunta que me hago hoy, fuera aparte de lo que opinen otros  sobre el mismo asunto y otras consideraciones personales, es por qué España pinta tan poco en el concierto de las naciones avanzadas, por qué no está al mismo nivel de otras naciones de nuestro entorno, como Inglaterra y Francia, por ejemplo, presentes en tantos episodios y avatares de nuestra Historia. Y se la respete tan poco, a pesar de ser  la cuarta potencia de Europa, es decir, por qué no es más de lo que es si tuvo la oportunidad de haberlo sido antes que las mencionadas.  

    No voy a entrar en lo que han tenido que ver en ello otras naciones, como por ejemplo Gran Bretaña con su miserable leyenda negra que tanto daño nos ha hecho,  o Francia, con su menosprecio altanero, eso es normal entre potencias rivales, España era el enemigo a batir, de manera que todo el daño que pudieran hacernos hemos de considerarlo como algo “normal”. Nosotros también hicimos el nuestro.  Otra cosa es  lo mucho que han  tenido que ver en su debilidad y decadencia los Austrias y los Borbones, de una parte, y la Iglesia Católica y la nobleza, por otra. Pero también nosotros mismos, lo cual ya no es tan “normal”, pues es como tirar piedras sobre el propio tejado. De manera que se puede decir  sin temor a errar demasiado el tiro que nuestros enemigos no solo nos vienen de fuera, también los tenemos dentro. Esta verdad, estoy seguro, la podrá  corroborar cualquier español por su propia experiencia si ha tenido la fortuna o la desgracia de emprender iniciativas por cuenta y riesgo.  Yo me encuentro entre ellos.

Por tanto,  España es lo que con lo que han hecho de ella nuestros antepasados, y  no lo que ha podido llegar a ser a pesar de haber contado en su historia con hombres capaces y preparados para conseguirlo, pues nuestra experiencia histórica nos habla que  la envidia es su principal enemigo. Y, junto a ella, el orgullo, los dos pecados capitales que han marcado nuestra historia para nuestra desgracia.  Episodios como la traición de que fue objeto Viriato ya nos hablan con bastante claridad de la bajeza y mezquindad a la que puede conducirnos la envidia.   En España,  la grandeza  ha causado siempre recelo porque en ella ha gobernado la ignorancia, a la que incluso se ha ensalzado;  sin embargo,  la nobleza ha sido reverenciada con el resultado que todos sabemos. Detrás de esta inmoralidad está la envidia, pero también el servilismo  por necesidad.

   Si me detengo en el largo periodo de la Reconquista ya vemos los estragos que, entre los reyes castellanos, causó la envidia, luchando unos contra otros en lugar de unirse para combatir al invasor. Tal vez la figura  del Cid y todo lo que rodea su leyenda nos ilustre perfectamente sobre como la envidia destruye una figura señera de nuestra historia, pues  fue víctima de ella doblemente, como envidiado y como envidioso, que se resume en el famoso verso de su Poema: “¡Dios, qué buen vasallo  si hubiese buen señor!”  O de otro grande, como sin duda lo fue el Gran Capitán, que también fue víctima de su veneno, o  los Reyes Católicos, que se dejaron influenciar por una nobleza envidiosa, arrogante, iletrada y codiciosa, apoyada por una Iglesia Católica corrupta y falaz para expulsar a los judíos, que eran los que, con su saber, gestionaban la administración del Estado, sustituidos luego por los cristianos viejos de “sangre limpia”, ignorantes y zoquetes que no sabían hacer ni la o con un canuto.  A partir de ahí el declive de España estaba cantado, pues con semejante “funcionariado” era imposible administrar un Estado, el primero de Europa, que acababa de descubrir un nuevo mundo y que tuvo que enviar a analfabetos para colonizarlo. Era lo que había. Resistió la época de Carlos I por inercia, pero Felipe II, otro envidioso, que relegó a su hermanastro, Juan de Austria al ostracismo a pesar de haber vencido a la armada turca en Lepanto, nos procuró el desastre de la Invencible. No sabemos lo que hubiese pasado, pero para mí tengo que la suerte de la Armada Invencible habría sido otra de haberla comandado él. 

   A Fernando VII ni lo menciono, una vergüenza para España.  Claro que, antes que él y después de él, también los hubo que no supieron estar a la altura y sin embargo nadie discutió su autoridad como sí lo hizo la nobleza inglesa contra el Rey Juan sin Tierra, que se rebeló contra él obligándolo  a firmar La Carta Magna.  Mientras que aquí, nuestra “nobleza” y nuestro clero toleraron a un rey como Carlos II y a sus sucesores, todos ellos unos inútiles. Con el daño que le ha hecho la Iglesia a España  y sin embargo ninguno de nuestros reyes, incluidos los de la Reconquista,  fueron capaces  de plantarse e imitar a Enrique VIII de Inglaterra. No solo eso, sino que Carlos I arruinó a España combatiendo el protestantismo y su hijo Felipe II acabó de arruinarla del todo combatiendo el anglicanismo. Dos dislates históricos que, junto a la Guerra de los Treinta Años,  nos hundieron definitivamente.

   Figuras señeras de nuestra Historia fueron relegadas y perseguidas, cuando no asesinadas, por tener ideas y aportar sabiduría a la función pública o prestigio para España,  por suscitar la envidia entre quienes estaban cerca del poder o disponían de influencias para quitarlos de en medio. El más sonado fue el asesinato del General Prim, víctima de una conspiración como la que acabó con la vida de Juan Escobedo, Secretario personal de Juan de Austria, que podría muy bien habernos evitado la humillación de nuestra última Guerra Civil. Una indignidad, una cobardía, una afrenta a  España, pues hasta hace bien poco desconocíamos quién había perpetrado el ignominioso crimen y quiénes lo encubrieron y permitieron.  

   Por mencionar a un español destacado objeto de la envidia me referiré a Jovellanos, un eminente político demasiado brillante para la corte de Carlos IV, que se deshizo de él desterrándolo Asturias. Más tarde, cuando cayó Godoy,  fue nombrado Ministro de Gracia y Justicia, pero  la Iglesia lo enfiló por pretender disminuir la influencia de la Inquisición y tuvo que dimitir y volver a su Gijón natal. Más tarde, cuando Godoy volvió al poder, lo detuvo y lo encarceló acusado de haber introducido en España “El Contrato Social”, de Rousseau. Es solo un ejemplo, como otros muchos, de cómo tratamos en España a nuestros hombres ilustres. La puta envidia está siempre detrás de estos vergonzosos episodios que han marcado nuestro devenir histórico.

  Yo mismo la he experimentado en mis propias carnes, pues en España, cuando empiezas a destacar por propios méritos, te conviertes automáticamente en sospechoso para la gente mediocre.  Donde más se nota es en los pueblos, donde la envidia se manifiesta en toda su repugnante desnudez.  La falta de iniciativa en los pueblos como un elemento  esencial que explica en parte su despoblación,   no se debe a que carezcan de ella, se debe a que en ellos  cuando alguien  se emprende una actividad del tipo que sea,  económica, cultural, educativa…,   que sobresalga de la mediocridad reinante, se convierte automáticamente en sospechoso de esconder intereses  espurios,    lo cual crea un clima de frustración y desesperanza atroz que envenena la convivencia  y genera odio. ¿Quién quiere vivir en un ambiente en el que el  recelo y el odio presiden la convivencia? Los pueblos pequeños tienden todos a su desaparición porque en ellos cada cual va a lo suyo y nadie confía en nadie. 

   Es así, tal y cómo os lo cuento. Por desgracia para nosotros se admira más al que destaca económicamente, al que “se hace millonario”, que al que destaca por su inteligencia y bien hacer. ¡Cómo no va a haber corrupción!  A España la han hecho grande, no sus conquistas ni sus victorias, ni sus derrotas, ni sus reyes ni sus reinas, la han hecho grande la gente sencilla en contra, la mayoría da las veces, del poder, poniendo dinero de su propio bolsillo incluso para alcanzar sus sueños o poner en práctica sus ideas y planes. El caso más paradigmático que me viene ahora mismo a la memoria fue el de Ramón y Cajal, que cuando le concedieron el premio Nobel de medicina el gobierno preguntó quién era. 

   Sí, España me duele.  Yo también, como español, me duelo de ella. Aun así, daría mi vida por ella.
 
 

  

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